“China no se dejará intimidar ni disuadir por demostraciones de fuerza. Cualquier intento de aislarla acabará en un conflicto sin vencedores”.- Henry Kissinger.
La revelación de que Estados Unidos presiona a Japón y Australia para definir compromisos explícitos en un posible enfrentamiento por Taiwán no solo altera los cálculos estratégicos, sino que dispara las alertas en los mercados financieros, los corredores de materias primas y las grandes navieras que surcan el Indo-Pacífico.
Aunque la iniciativa de Washington, articulada por el subsecretario de Defensa para Políticas Elbridge Colby, se inscribe en una lógica de contención militar, sus efectos trascenderían con creces el ámbito castrense. Un choque de esta envergadura socavaría la confianza global y exacerbaría un sistema internacional ya tensionado por sanciones, barreras arancelarias y cadenas de suministro fragmentadas desde la era de los “aranceles de Trump” y la epidemia de la Covid 19.
Taiwán y el Mar de la China Meridional son, en realidad, arterias imprescindibles del comercio mundial. Alrededor del 40 % del intercambio marítimo transcurre por esas vías, transportando crudo, gas natural licuado, semiconductores y bienes de alta tecnología.
Un conflicto, incluso acotado, detendría plataformas de extracción, obligaría a desviar rutas estratégicas y dispararía el precio de la energía, el transporte y las materias primas, sentando las bases de una recesión sincronizada en economías tan diversas como las latinoamericanas.
Para nuestra región, la relevancia está en que cada punto de crecimiento del PIB chino impulsa en promedio 0.7 puntos de nuestro propio crecimiento. Asimismo, según un estudio del FMI, los shocks de las economías emergentes del G20, con China a la cabeza, explican hasta el 10 % de la variación del producto en otros mercados emergentes, y cerca del 5 % en economías avanzadas.
A ello se suma el vertiginoso aumento de la inversión directa china en infraestructura, energía y minería latinoamericana. Cuando Pekín aprieta el cinturón para apuntalar su mercado interno, esas corrientes de capital se contraen bruscamente, poniendo en jaque obras públicas, empleo y finanzas estatales.
El economista Jeffrey Sachs, de la Universidad de Columbia, advierte que una guerra en el Indo-Pacífico “desataría una crisis económica mundial sin precedentes”, con desplomes bursátiles, parálisis del comercio y fuga masiva de capitales de los mercados emergentes. Para Sachs, la creciente militarización de los vínculos comerciales refleja el desasosiego de una hegemonía que ve menguar su poder, pero subestima la dimensión global del choque.
El golpe al sector tecnológico sería demoledor. Taiwán produce más del 60 % de los semiconductores avanzados, componentes esenciales en automóviles, telecomunicaciones y equipos médicos. Una interrupción prolongada agrietaría toda la cadena de valor, elevaría aún más la inflación y obligaría a las grandes empresas a redefinir sus redes de abastecimiento, encareciendo desde los teléfonos inteligentes hasta los vehículos eléctricos.
Los precedentes no invitan al optimismo. Los aranceles del 25 % aplicados a China en 2018 generaron distorsiones duraderas, encarecieron insumos y alentaron la relocalización parcial de fábricas, sin proteger ni a productores ni a consumidores. Un conflicto militar multiplicaría esas disrupciones de forma exponencial y, a diferencia de una guerra comercial, resultaría imposible de sortear mediante negociaciones tardías.
Pekín mantiene su línea de que Taiwán es una “parte irrenunciable” de su soberanía y advierte que toda separación recibirá una respuesta militar contundente. El riesgo de un error de cálculo es alto, y cualquier incidente podría escalar en cuestión de horas. Ante este sombrío panorama, América Latina no puede permitirse el lujo de permanecer a la expectativa.
Ella debería acelerar la diversificación de sus socios, fomentar el nearshoring digital y profundizar la integración intrarregional para mitigar la volatilidad. Es la única manera de reducir su exposición a tempestades que hoy se acumulan a más de 17, 000 kilómetros de sus costas.











