[dropcap]L[/dropcap]a desaparición física del líder cubano Fidel Castro, la figura latinoamericana más universal e influyente en el último siglo, ha generado diversas expectativas en torno al futuro de Cuba y, por vía de consecuencia, de la región.
Desde la caída del régimen comunista en la isla, hasta la anulación de las conversaciones que venían sosteniendo Washington y La Habana para la anulación del embargo económico, pasando por la arremetida de los cubanos de Miami, se perfilan como casos probables que ocurrirán en los órdenes político, económico y social en esa isla en el corto y mediano plazo.
Y es que Cuba, en términos geopolíticos, empezará a perder atractivo durante los próximos años, lo que, unido a una economía relativamente estancada y a la presión social por más alimentación, empleo y apertura a lo interno de esa nación, hacen pensar que no todo seguirá siendo igual. Obviamente, la entrada de Donald Trump en el escenario, a partir de enero de 2017, le pondrá un poco más de sazón a todo ese ambiente.
Una economía que crecerá menos del 2.0% durante 2016, y vecinos como Venezuela y Brasil que no están en su mejor momento para apoyar los esfuerzos de Raúl Castro por relanzar una estructura productiva que muere lentamente, no parece ser el mejor escenario para evitar que el gobierno comunista se tambalee.
A todo esto, el aumento de la presión política por parte del anticastrismo enquistado en La Florida será una prueba de fuego más para un país debilitado moralmente por la pérdida irreparable de su emblemático y respetado líder.
Es obvio que Cuba sin Fidel no será la misma Cuba, en tanto la idea del comunismo y sus beneficios colectivos, a pesar de los pesares, se encontrará de frente con el poder de los mercados económicos, los cuales están ansiosos por hacer de la oferta y la demanda el instrumento de desarrollo de ese bello país.
La realidad de las limitaciones de acceso a bienes y servicios que tienen los cubanos, y que en otras latitudes provee el mercado, se hará cada vez más latente, razón por la cual la Cuba post Fidel tendrá que abrirse, más temprano que tarde.
Resultaría mejor que los cambios provengan desde el propio Estado cubano y no que vengan con el sello Made in USA, pues el transito sería mucho más complicado y con repercusiones impensadas.
También, los avances que en materia de salud y educación ha tenido Cuba deberán servir para algo y, en este caso, podrían ser utilizados como ancla para relanzar una sociedad que, con dolor, ha visto partir a su figura señera. Ese sería el más grande homenaje que se le pudiera rendir al Comandante.











