Colonial Pipeline, la empresa estadounidense que opera la red de oleoductos de Estados Unidos afectada por un ciberataque, pagó un rescate de US$5.0 millones a los piratas informáticos que la atacaron. Esto es lo que reportó la agencia Bloomberg y que ha sido replicado en medios alrededor del mundo.
¿Qué significa este caso? Todo indica que las criptomonedas, por su característica de irrastreabilidad, podrían ser un refugio perfecto para el crimen organizado.
Los ciberterroristas han descubierto un campo fértil para operar sin ser identificados (por ahora). Si esto pasó con una empresa constituida y operando en Estados Unidos, que aplica controles estrictos para todo, donde el concepto de hipervigilancia cobra vida, ya podremos imaginarnos qué nos depara en otras partes del mundo. ¿Habrán sido atacadas otras empresas por piratas, pero esos casos no han trascendido a la palestra?
Por sus características, este hecho parece indicar que no fue la primera vez ni será la última. Las criptomonedas, las cuales han ido ganando espacio en algunos lugares del mundo, principalmente en países desarrollados, tiene un hándicap: no hay un emisor en específico, por lo que en esencia son activos garantizados por una cadena de bloques que dependen del apetito y la confianza de sus inversionistas.
Y es bueno repetirlo: este pago por el rescate del control de la red es una muestra de que no parece que fue la primera vez. La empresa pagó (muy caro) lo que en economía se llama “costo de oportunidad”, esto así porque los terroristas cibernéticos sabían que Colonial Pipeline no podía darse el lujo de permanecer mucho tiempo sin el control de sus operaciones, tanto por los costos económicos que ello representaba y, además, por el efecto negativo en su reputación.
De acuerdo con las declaraciones del FBI, el ataque fue obra del grupo de piratas informáticos identificados como Darkside, que operan desde el este de Europa. Históricamente, Estados Unidos ha mantenido la política de no pagar por ningún rescate pedido por terroristas, ya que eso alienta o motiva que más casos aparezcan.
Este caso nos dice no sólo lo arriesgados que son los terroristas cibernéticos, sino cómo la alta tecnología puede ser utilizada para hacer daño. También, si lo pensamos bien, los crímenes de alta tecnología son más frecuentes de lo que podríamos imaginarnos, solo que no trascienden como cuando afectan la cotidianidad de las personas, como es el suministro de combustible para el transporte terrestre y aéreo.
De algo sí estoy seguro: por lo trascendental de este ataque a una empresa que ofrece un servicio tan sensible, como es el transporte de combustibles a través de oleoductos, despertó las alarmas de los tomadores de decisiones en todo el mundo, quienes (de seguro) saben que la prevención será fundamental para evitar que sigan sucediendo estos ataques. La vida de millones de seres humanos podría estar en riesgo.
Lamentablemente, y el mundo ha de saberlo, habrá que bregar con este tipo de crímenes con mayor frecuencia en la medida en que la tecnología “se adueña” de nuestra cotidianidad.








