“El único realista de verdad es el visionario” –Federico Fellini.
Cuando nos preguntan si estamos en contra del aprovechamiento de la riqueza mineral que guarda el subsuelo nacional, nuestra respuesta invariable es que debemos seguir trabajando para que el sector minero crezca, de modo que sus aportes, en un marco de equidad distributiva, confianza legítima y compromiso regulador y empresarial, contribuyan al desarrollo nacional. En definitiva, necesitamos los ingresos y aportes de la minería organizada tanto como los de cualquier otro sector económico.
Asumir posiciones ambientalistas a ultranza, partiendo de supuestos como aquel de que la industria minera es incapaz de superar su pasado depredador e imprudente, o que las tecnologías de extracción y disposición de residuos son estáticas, no es la mejor idea. Si un gobierno no puede, en relación con la minería, garantizar una regulación eficiente y transparente, así como la responsabilidad social y ambiental a toda prueba de las empresas, entonces que se declare incapaz de cumplir su propia agenda.
No aprovechar los recursos minerales no es ninguna agenda. Tampoco lo es permanecer en el muro de los lamentos, postergando costosas decisiones de inversión por temores no declarados a grupos que siguen insistiendo en una retórica ambientalista unilateral (deberíamos retornar a Romero). En ella la minería aparece como una de las ramas productivas más destructivas, al parecer, partiendo del peregrino supuesto de una economía que se mueve con un solo sector.
Algunos de estos grupos están persuadidos de que es posible reducir la maldición de la pobreza y avanzar hacia niveles superiores de desarrollo regresando a la edad de piedra cuando la actividad minera se reducía al aprovechamiento rudimentario de las canteras de silice. Este absurdo posicionamiento doctrinario nos recuerda a Ted Kaczynski, el brillante matemático de Harvard que, oponiéndose a la creciente dependencia del mundo moderno de la tecnología, terminó matando con sofisticados artefactos explosivos a quienes entendía la impulsaban.
Cualquier actividad industrial tiene sus impactos ambientales. Por ejemplo, sabemos que la agricultura y la industria energética ocasionan perturbaciones ambientales muy negativas y, en el caso de la primera, son realmente impresionantes si tomamos en consideración el uso masivo de fertilizantes y pesticidas. ¿No podrían ser nunca sostenibles por estas razones estos sectores?
Creemos que lo más importante cuando se plantea el tema crucial de la sostenibilidad del desarrollo (Informe Brundtland, 1987) no es cero o prácticamente nulos efectos ambientales de las actividades productivas, sino qué tanto somos capaces de garantizar un balance entre los impactos inevitables y nuestras capacidades para mitigarlos o remediarlos en plazos razonables o solucionarlos de manera definitiva. No podemos dejar de consumir gas o electricidad para poder hablar de desarrollo sustentable; tampoco podemos pensar en las modernas tecnologías que hoy disfrutamos sin los materiales y minerales que requieren.
De este modo, nuestro deber es lograr las mejores transacciones entre los impactos ambientales previstos y las aspiraciones de largo plazo orientadas al logro de altos estándares de vida. Seguir escalando la senda del desarrollo es inevitable, tanto como lograr el balance óptimo posible ambiente-sistema productivo en un marco inteligente y visionario de firmes compromisos inter e intrageneracionales.
¿Dejar de aprovechar los minerales? Es inaceptable. También lo sería dejar que ciertas situaciones se nos escapen de las manos y luego tratemos inútilmente de justificarnos con discursos que no resistirían la terquedad de los hechos, como fueron los casos de la Rosario Dominicana en Cotuí y de la Alcoa y sus herederos en Pedernales.











