[dropcap]P[/dropcap]ocas veces uso este espacio para contar situaciones reales en las que tuve participación directa o indirecta. Pero recientemente, al ver una publicidad de la campaña de alfabetización de adultos que realiza el Gobierno, recordé un episodio que creo interesante compartir con los lectores.
De joven era sastre y laboraba en el taller de costura de mi primo Fausto, mi maestro en el apasionante oficio de la confección de ropa.
Se iniciaba la década de los 90 y recuerdo que todos los días, al atardecer, llegaba a la sastrería, en la avenida 25 de Febrero del ensanche Las Américas, un joven limpiabotas llamado Pikin, de algunos 17 años, a quien el maestro Fausto encargaba la limpieza de sus zapatos. Yo casi nunca demandaba sus servicios.
El asunto es que el maestro Fausto conversaba con Pikin y se dio cuenta de que, ya casi adulto, ese joven no sabía leer ni escribir. Era un analfabeto.
Fausto, mi primo y maestro, se conmovió con Pikin, quien vivía junto a su madre soltera y varios hermanos en un barrio de Villa Duarte en extrema condición de pobreza, y le propuso enseñarle a leer y escribir, es decir, alfabetizarlo.
Pikin aceptó quedarse todos los días, a partir de las 5:00 de la tarde, tras concluir su jornada laboral de limpiabotas, para recibir clases de Fausto, quien para el caso compró un libro Nacho, un cuaderno de la marca Mascota y un lápiz.
Pikin alcanzó la mayoría de edad en el proceso de aprendizaje.
Me llamaba la atención la forma en que Fausto se concentró en dedicar cada día, al final de nuestra jornada en la sastrería, por lo menos dos horas para enseñarle a Pikin las lecciones de aprendizaje de lecto-escritura.
Se sentaba con él y pacientemente le enseñaba y repetía las lecciones continuamente, todas las veces que fuera necesario, hasta que Pikin las entendiera.
Recuerdo que en una ocasión Pikin dejó de asistir a las lecciones de enseñanza. Fausto no se decepcionó, sino que investigó en la zona con algunos conocidos la dirección de Pikin y visitó su casa, conoció a su madre y a sus hermanos, vio las condiciones de pobreza extrema en que vivían, le contó a su mamá lo que estaba haciendo por su hijo y ésta se comprometió a obligarlo a asistir sin falta a las clases informales que recibía en la sastrería. Pikin no volvió a faltar.
Con el paso de los meses, Pikin aprendió a leer y a escribir, pero además, comenzó a ir más temprano al taller de costura y también adquirió conocimientos de confección de ropa.
Tan pronto aprendió a leer y a escribir, Pikin se inscribió en una escuela nocturna para continuar sus estudios. Creo que llegó al bachillerato, aunque no sé si entró a la universidad.
Lo que sé es que Pikin fue alfabetizado por mi primo Fausto, además de que aprendió a coser, por lo que dejó de ser limpiabotas y consiguió trabajo en una fábrica de confección textil.
Pasaron varios años sin que volviera a saber de Pikin. Yo terminé la universidad, dejé el oficio de sastre para dedicarme al periodismo y recuerdo que hace alrededor de una década me encontré con él en una calle de Santo Domingo Este y conversamos un buen rato sobre aquellos días en que Fausto se motivó a enseñarle a leer y a escribir.
Pikin se mostraba orgulloso y a la vez nostálgico cuando me explicaba la forma en que la alfabetización cambió su vida, le permitió salir del oscurantismo y del desconocimiento, le ayudó a dejar el oficio de limpiabotas para convertirse en un artesano de la costura, con un empleo formal, más digno.
Conoció a una buena mujer, tuvo familia y se convirtió en un ente social más productivo, gracias a la labor particular e individual de alfabetización que desarrolló Fausto, teniendo como única motivación el deseo de ayudar a ese joven a aprender a leer y escribir.
El caso viene a cuento, porque imagino que de esa misma forma podrían estar cambiando las vidas de miles de personas que están en el programa de alfabetización de adultos que promueve el Gobierno. Ojalá que ese programa no se esté diluyendo, mientras el Gobierno gasta millones de pesos en publicidad de promoción.
La alfabetización de adultos tiene un invaluable impacto positivo en las personas cuando aprenden a leer y a escribir. Pikin, mi amigo, el limpiabotas, es un ejemplo de eso.

