Por Carlos González-Cassis
@familysapiens
Hace algunas semanas, me encontraba asesorando un cliente. Se trataba de un miembro de la segunda generación de una empresa familiar. Durante la sesión de trabajo, estábamos abordando el tema de la estrategia y la importancia de tener un plan para poder, primero, definir claramente el destino al que se quiere llevar la compañía y para, segundo, determinar si estamos conservando o desviándonos del curso correcto.
Igualmente, conversamos sobre la importancia de la improvisación. Satanizada por muchos, pero es una capacidad sumamente útil en la proporción correcta. Hasta la torta más dulce tiene una pizca de sal, y así funciona exactamente la improvisación y la espontaneidad en la empresa familiar. Le confiere a la familia tras la empresa una resiliencia, una antifragilidad, que difícilmente otro tipo de organizaciones puede emular y que les permite ir “construyendo el carro mientras se maneja el mismo”.
Aquí podemos perfectamente recordar el caso del otrora gigante de la fotografía KODAK, que, con su planificación férrea, le impedía cambiar con las nuevas dinámicas del mercado y carecer de esa habilidad de adaptación, que sólo puede encontrarse en la capacidad de improvisar, terminó por desaparecerla.
El truco está en no caer en la trampa del pensamiento binario. Ante la pregunta: ¿Qué es mejor la planificación o la improvisación? La empresa debe responder sin titubeos, que ambas son importantes. La pregunta que si debe formularse es ¿en qué proporción debe estar presente cada elemento en la vida de la empresa familiar? Para responder esta interrogante quiero volver a la sesión de trabajo que comenté al inicio.
Durante la sesión, le indiqué que hiciera una lista de sus competidores directos, donde su empresa se viera incluida. Una vez ella elaboró la lista, le sugerí que pusiera al lado del nombre de cada empresa su opinión sobre cómo se distribuía porcentualmente el binomio planificación/improvisación.
El primero de la lista tenía un 95% planificación y 5% improvisación, el segundo 55% y 45%, el tercero un 30% y 70% y el cuarto un 10% y 90%. Por último, le pedí que, por favor, ahora hiciera una nueva lista donde únicamente ordenara las mismas cuatro empresas de la más exitosa a la menos exitosa (teniendo esencialmente la facturación como indicador de éxito).
Grande fue su sorpresa cuando vio que la lista de las empresas más exitosas coincidía exactamente con la lista de aquellos con mayor planificación presente en su gestión. Es decir, podemos perfectamente equiparar el éxito económico de una empresa familiar, con una correcta fórmula de gestión donde coexista la improvisación y la planificación, siempre y cuando la proporción de esta última sea considerablemente mayor.







