Lo recuerdo como si fuera ahora mismo. El Banco Central convocó a la prensa especializada al acto de presentación de lo que sería (y hoy es) el Esquema de Metas de Inflación (EMI) para ejecutar la política monetaria, el cual se adoptó desde enero de 2012. Y la verdad hay que decirla: ha sido una decisión con resultados positivos, aún en tiempos difíciles como los de pospandemia.
La referencia para hacer política monetaria no era precisamente la inflación, aunque siempre había sido vigilada como variable. Lo más normal era verificar por dónde andaba el mercado cambiario, entre otros indicadores, por sus implicaciones en el resto de la cadena productiva y de comercialización.
Al dar a conocer la decisión, las autoridades monetarias aseguraron que se adoptó luego de un proceso de preparación de los aspectos técnicos necesarios para una transición gradual desde metas monetarias hacia un EMI iniciado en 2005, para la cual se contó con la asesoría de expertos de los principales bancos centrales de la región, así como del Fondo Monetario Internacional (FMI).
A partir de 2020, por más vueltas que demos, la inflación ha sido el comején que ha retrasado los planes de muchas economías, incluida la nuestra. Luego de adoptar el EMI en 2012, los últimos tres años, y lo que va de 2023, han sido difíciles, y en buen dominicano se puede decir que “la inflación se la ha puesto dura al Banco Central”, ya que la meta no ha podido ser lograda en este período pospandemia, contrario a los años anteriores cuando este indicador “obedeció al pie de la letra” las disposiciones de la política monetaria.
Lo que sí podemos afirmar con propiedad es que asumir este mecanismo para vigilar el comportamiento de la economía fue una excelente decisión. Desde 1990 se observó un cambio en la estrategia de la política monetaria de varios bancos centrales que utilizaban la meta monetaria, sustituyéndola por la meta de inflación.
Como estrategia, se ha establecido en Nueva Zelandia (1989), Canadá (1991), Israel (1992), Reino Unido (1992), Australia (1993), Suecia (1993), Suiza (2000) y Noruega (2001), Chile (1991), Perú (1994), Corea (1998), Brasil (1999), Colombia (1999), México (1999), Sudáfrica (2000) y Tailandia (2000), así como en República Checa (1997), Polonia (1998) y Hungría (2001).
En nuestro país, que se adoptó hace 11 años, podemos afirmar que ha sido eficaz. De hecho, entre 2012 y 2019 los niveles de inflación estuvieron en el rango meta o por debajo. Durante el primer año de aplicación, la inflación cerró en un 3.91%, mientras que en el anterior había terminado en 7.76%. A partir de ahí todo fue positivo hasta que llegó la pandemia con sus consecuencias globales en la cadena de suministro y la posterior expansión de la masa monetaria. Entre 2020 y mayo de 2023 la inflación acumulada fue alrededor de 20%.
Como es conocido, la meta de inflación establecida por el Banco Central es de 4% +/- 1%, pero desde 2020 ha sido imposible lograrla cuando terminó en 5.55%, luego pasando a 8.5% en 2021 y 7.83% en 2022, mientras que en lo que va de 2023 está en 4.43%.
Y es bueno que los lectores que me honran con su tiempo, que comprenden cómo funciona la teoría de los precios, estén conscientes de que una reducción en la inflación no significa que están bajando los precios. Esto a propósito de que el Banco Central ya comenzó a flexibilizar un poco con la tasa de interés, a propósito de que la inflación está cediendo.










