A principios del 2018, iniciamos una consultoría para el Clúster Turístico de Santo Domingo a partir de la cual se buscaba mejorar la competitividad de unas 80 microempresas y pequeñas empresas de la Ciudad Colonial, y nos percatamos de que, en dicha ciudad, había un gran tesoro escondido.
Esa asistencia técnica, llevada a cabo en el marco del proyecto de “Revitalización Comercial y Urbana: El Caso de la Ciudad Colonial de Santo Domingo”, el cual fue financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), tenía como propósito fundamental “elevar la capacidad de gestión empresarial de las Mypes de la zona, atendiendo a sus necesidades básicas”.
La justificación para la inversión del BID en este proyecto era que la Ciudad Colonial empezaba a tener un mayor dinamismo económico y estaba atrayendo importantes inversiones privadas para la instalación de hoteles de alta categoría, apartamentos, locales comerciales y oficinas.
Adicionalmente, la zona colonial se había convertido en una nueva área de ocio y potencialmente de residencia. Es decir, que este importante complejo arquitectónico de la época colonial, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1990, había venido recuperando todo su esplendor, incluso, superando la debacle turística de la zona dejada por la Pandemia del covid-19.
Miles de millones de pesos han sido invertidos por los diferentes gobiernos en los pasados 20 años para revitalizar la zona colonial, lo que ha permitido el crecimiento sostenido de visitantes extranjeros y locales, el aumento de la ocupación hotelera y el aumento de la llegada de cruceristas, según el Observatorio Turístico de la Ciudad Colonial de Santo Domingo.
Sin embargo, todo ese esfuerzo de organismos internacionales, del ministerio de turismo y de otras entidades públicas y privadas se puso a prueba por el asalto de fue víctima la Zona Colonial este pasado sábado 28 de octubre de los corrientes. Unas turbas del bajo mundo, incontrolables y desaprensivos fueron detrás de un supuesto botín destruyendo todo lo que encontraron a su paso, poniendo en juego todo lo que se ha logrado tanto en años de historia como en inversión pública y privada.
Todos los caminos conducen a un culpable, pero ahí no está el problema. El meollo del asunto es que la Ciudad Colonial, y los que hacen vida en ella, se sintieron vulnerables, al igual que los turistas, empresarios y comerciantes que viven de los negocios que tienen instalados allí. Y, de seguro, hay personas que, tal vez, fueron a la zona por primera vez y se encontraron con tamaño espectáculo y, probablemente, no querrán volver.
Así también, los turistas atrapados en ese desmadre seguramente no repetirán y, muy por el contrario, podrían convertirse en voceros negativos de nuestro turismo. Destruir lo que se ha construido es fácil, sobre todo para aquellos cuyo cerebro no pasa de acumular heces fecales, y no entienden de patrimonio ni de historia ni de vida en sociedad civilizada.
Frente a esto, la respuesta de las autoridades gubernamentales debe ser contundente, sin miramientos pues, sino pasa nada, volverán a buscar otro botín y, entonces, se llevarán en sus bolsillos rotos el tesoro que se ha acumulado en uno de los lugares más hermosos que tiene América Latina, desde el punto de vista histórico.
El costo económico del asalto a la Ciudad Colonial ha sido demasiado alto para que las cosas se dejen así y, si eso ocurriere, no duden ustedes que esas hordas bárbaras volverán, y no muy tarde.








