Reconozco que la pregunta que lleva por título este artículo es atrevida y provocadora, sobre todo por la preconcepción que existe, genuina o no, de que un economista suele ser, hasta prueba en contrario, un individuo con cierta inteligencia, capaz de ofrecer alternativas para la solución de los múltiples y más variados problemas económicos.
Más aún, algunos le dan características de prestidigitador, una especie de mago o ilusionista con respuestas creíbles (¿?) y planteamientos que impactan, aunque no lo entiendan, a los más diversos profesionales fuera de la rama económica. De hecho, al economista se le atribuye patente de corso, pues tiene la potestad de utilizar el análisis económico en una variedad interminable de campos tales como la educación, la salud, el transporte, el deporte, el cambio climático, la inteligencia artificial, entre muchos otros.
Por ejemplo, recientemente estuvimos leyendo un ensayo de un destacado economista dominicano, en donde este analiza los resultados de un mundial de fútbol a partir de la teoría de juegos, rama de las matemáticas y de la economía que se encarga de estudiar las características generales de situaciones competitivas en las que, dos o más jugadores, deben tomar una decisión en función de las decisiones que puedan tomar los otros (UNAM, 2020). De esta forma, Andújar, J. (2020) aborda la situación en la cual un jugador de futbol, en un juego de penales, debe elegir hacia dónde tirar el balón para que el portero no lo atrape. Según este autor, las opciones estratégicas para el jugador que va a patear el balón son, básicamente, tres: o tirar el balón al lateral izquierdo, al derecho o al centro. Pero ocurre que esas mismas alternativas las tiene el portero, con lo cual se plantea un dilema que solo se podría resolver con la teoría de juegos.
Con la información histórica que se tiene de que, en el 98% de los casos, los porteros se lanzan a uno de los laterales para atrapar el balón y de que, por otro lado, el penal se tira por los laterales en un 83%, la racionalidad diría que lo más adecuado es tirar el balón por el mismo centro de la portería, que fue lo que hizo el jugador de marras, en un movimiento no acorde con lo cotidiano. A decir de Andújar, la moraleja es que para entender las acciones irracionales de los actores económicos, políticos o deportivos, lo que hay que buscar son los verdaderos motivos de estos agentes de la economía, y el de este jugador era ganar el partido de cualquier forma.
Pero también tenemos al economista que ve el lado romántico de la economía (Nicolson, W., 2013), y observa en sus decisiones de búsqueda de novia, casi siempre malas, un lado económico. La idea central aquí es que parecía existir un exceso de oferta, por lo que la demanda no le daba el valor necesario, pues “nadie quiere salir con alguien con quien prácticamente todo el mundo tiene una oportunidad”. La conclusión aquí fue que, para enfriar las emociones, se debía recurrir al comportamiento racional e inequívoco que permite la economía, buscando el punto de equilibrio entre el cariño que se ofrece y el que se demanda, de donde debería salir un precio justo.
Otro tipo de economista es el camuflado, el de la economía de las pequeñas cosas como, por ejemplo, la del café, cuyo consumo, a decir de Harford (2022), encierra todo un complejo y gigantesco sistema económico. Pero en la era moderna se ha abierto campo un nuevo economista, el digital, aquel que igual sabe de Inteligencia Artificial que de criptomonedas, comercio electrónico, bolsa de valores, envolviéndose en una indescifrable maraña de datos y algoritmos que debe llevar a algún lugar, no siempre el esperado. Pero, lejos de estas reflexiones, los economistas que conozco son casi siempre gente buena y, por eso, vale la pena celebrar su día en este 18 de julio de 2024, aunque la mayoría se equivoquen en sus predicciones, porque también son humanos.











