República Dominicana está tras una meta que es muy ambiciosa, que costará mucho esfuerzo, tiempo, planificación y demostración de solidez económica. Se trata del anhelado grado de inversión, una calificación de riesgo que permite a los países acceder al mercado de capitales a mejores tasas de interés y plazos más amplios.
El grado de inversión equivale a una certificación de confianza de los inversionistas en el futuro a largo plazo de una economía, partiendo de sus fundamentos, principalmente institucionales, fiscales, financieros, económicos, políticos y sociales. La estabilidad combinada en estas variables les genera certidumbre a los mercados.
Los países, sean ricos, pobres o de ingreso medio, necesitan financiarse. La búsqueda de recursos es una obligación de la que nadie puede prescindir.
De hecho, las economías más poderosas del mundo son los principales emisores de capitales, comenzando por Estados Unidos, Japón, Alemania, Inglaterra, Francia y otras naciones. La proporción de su deuda respecto al PIB es incluso superior al 100%.
Por lo que parece, al analizar lo que ha sucedido con los países de América Latina que hoy son grado de inversión, el factor confianza es vital para lograrlo.
República Dominicana puede lograrlo. Lo que ha sucedido con nuestra economía en los últimos años ha sido favorable. Por supuesto, el ratio de deuda respecto al PIB sigue siendo lo más preocupante no por el monto en sí, sino por porque hay debilidades en cuanto a la formalidad de la economía y la capacidad recaudatoria del Estado. La deuda se paga con ingresos.
A finales del mes pasado, Moody’s mejoró la calificación crediticia de Paraguay de Ba1 a Baa3, alcanzando así el codiciado grado de inversión.
Sin duda, ha sido un hito trascendental que refleja el reconocimiento internacional hacia una destacada trayectoria de estabilidad económica, fruto del firme compromiso con una gestión responsable de las políticas macroeconómicas.
Con esta mejora, Paraguay se une a un selecto grupo de países de la región que han logrado este estatus, entre los que se encuentran Chile, Colombia, México, Perú y Uruguay.
República Dominicana, de su lado, debería observar y analizar, para emularlo, lo bueno que ha hecho Paraguay, una economía hace alrededor de dos décadas estaba en crisis y sin credibilidad.





