En sociedades carentes de conciencia y cultura en la gestión de riesgos, el seguro es uno de los primeros rubros afectados cuando los recursos no alcanzan para cubrir las necesidades de un hogar o empresa. En lugar de ser visto como una inversión, el seguro suele considerarse un gasto, a pesar de que nadie está exento de enfrentar pérdidas derivadas de los múltiples riesgos que amenazan la estabilidad de las personas y sus bienes. El aumento de las actividades humanas y la concentración de inversiones en zonas urbanas han elevado los riesgos, mientras que los fenómenos atmosféricos se intensifican debido al calentamiento global.
Esto ha provocado un aumento en las reclamaciones a las aseguradoras, que, para mantener su rentabilidad operativa, incrementan las primas de los seguros. Este fenómeno afecta prácticamente todos los ramos de riesgos transferidos por las personas y el mercado. Esta situación amplía aún más la enorme brecha de personas y bienes sin cobertura. Como resultado, en cada catástrofe, más del 70% de las pérdidas en países en vías de desarrollo carecen de respaldo asegurador, afectando no solo a las comunidades, sino también a la economía estatal.
A menudo, el Estado tampoco utiliza los instrumentos de prevención disponibles, lo que agrava el problema. El mercado asegurador tiene una gran responsabilidad en realizar esfuerzos significativos para reducir esta brecha de cobertura en el país. La Superintendencia de Seguros, como ente regulador, debería liderar un ambicioso programa de educación y concienciación para que la población pueda distinguir entre los riesgos que puede asumir, mitigar o eliminar, y aquellos que debe transferir, así como las condiciones más adecuadas para hacerlo.
La falta de orientación, resultado de carencias en la educación y de una supervisión deficiente en los procesos sociales que involucran al Estado, las empresas y la industria, ha generado numerosos eventos adversos. Estos continuarán ocurriendo con mayor frecuencia e impacto si no se enfrentan con coraje y decisión. Incendios como los de California, desastres recientes como las inundaciones y avalanchas de lodo en España, las lluvias persistentes en Puerto Plata, las explosiones que aún recordamos en nuestra región, y los constantes accidentes de tránsito en nuestras carreteras son ejemplos de riesgos latentes que debemos abordar seriamente. Estos hechos deben considerarse prioritarios en la planificación estratégica de este año y los venideros para minimizar las pérdidas humanas y materiales.











