En un mundo laboral cada vez más competitivo, los países latinoamericanos enfrentan el desafío de redefinir la experiencia dentro de sus organizaciones. Para Bruno Moris Vera, psicólogo organizacional y especialista en gestión de personal, esta transformación va más allá de modas pasajeras. Se trata de un cambio cultural, que reconoce a las personas no solo como trabajadores, sino como individuos integrales.
Desde su experiencia en Chile, país que considera pionero en políticas de diversidad e inclusión, Moris señala que el impulso ha venido desde el Estado, pero no bajo una lógica impositiva, sino a través de la invitación a las empresas a sumarse voluntariamente a estas transformaciones. “Si el Estado cumple, puede exigirles a las empresas. Pero en nuestro caso ha sido más una apertura al cambio que una obligación”, explica.
La comparación con otros países de la región deja ver realidades mixtas. México, Argentina, Perú y algunas naciones de Centroamérica están dando pasos importantes, aunque Moris advierte que muchas veces las dinámicas organizacionales en estas zonas reflejan un desfase de al menos cinco años con respecto a las tendencias que ya predominan en Europa, Estados Unidos y algunos países de asiáticos. “En Europa, por ejemplo, la inclusión ya está internalizada en la cultura corporativa”, comenta.
Pero esa distancia no significa falta de potencial. Al contrario, el especialista resalta que Latinoamérica está despertando ante la necesidad de cambiar el paradigma. “Ya no hablamos solo de empleados o colaboradores. Hablamos de personas. Y eso significa pensar en su bienestar, en su desarrollo integral y en cómo las empresas pueden volverse espacios atractivos para ellas”, cometa.
Este enfoque, que en el lenguaje corporativo se ha traducido en términos como experiencia del colaborador o marca empleadora, implica que las organizaciones deben asumir un rol más humano. En una región donde las personas pasan más tiempo en el trabajo que con sus familias, el entorno laboral deja de ser solo un lugar de producción para convertirse en un espacio vital.
Uno de los retos, según Moris, es asegurar que esa experiencia laboral esté anclada en principios de equidad. Esto implica que las oportunidades de desarrollo profesional no dependan del género o de cualquier otra condición personal. “Está comprobado que los equipos diversos generan más innovación y mejores resultados. Pero las empresas deben estar dispuestas a invertir en esa diferencia”, subraya.
No obstante, muchas organizaciones aún temen ir más allá de los indicadores tradicionales como productividad o rentabilidad. “Cuando se pone el foco en las personas, el impacto se refleja directamente en el negocio. Pero el orden importa, no es mirar primero el negocio y después las personas, sino ver el negocio a través de las personas”, afirma.
La pandemia, según Moris, también jugó un rol catalizador. Las fronteras se abrieron y muchas empresas latinoamericanas comenzaron a mirar hacia afuera, identificando oportunidades que antes parecían lejanas. En ese contexto, países como Colombia han emergido con fuerza en la región, mientras otros como Uruguay y Perú mantienen estabilidad, y Argentina intenta recuperar terreno.
“Latinoamérica tiene una oportunidad gigantesca para diferenciarse desde su propia diversidad cultural. Nuestra idiosincrasia, ese calor humano, esa familiaridad pueden convertirse en una ventaja competitiva si se reflejan dentro de las organizaciones”, expresa Moris.













