La crisis de unos es la salvación de otros. Los problemas que padecen los cubanos, por un régimen que se resiste a aceptar que ha fracasado, se han convertido en un todo un espacio de oportunidad para República Dominicana en términos económicos.
En medio de las tensiones políticas, económicas y emocionales que dividen a las familias cubanas entre la isla y el exilio, ha emergido un fenómeno inesperado, pero profundamente simbólico: la elección de Punta Cana como punto de encuentro familiar. Esta práctica no sólo responde a una logística más favorable, por ser un destino accesible para viajeros de distintos países, sino también a una carga emocional y política que va mucho más allá del turismo.
Para las familias cubanas, especialmente aquellas divididas por el exilio, reunirse representa más que unas vacaciones: es una forma de rescatar lo que el destierro ha fragmentado. Sin embargo, hacerlo en Cuba supondría enfrentar controles migratorios, vigilancia y el dilema ético de alimentar con sus divisas a un sistema que muchos consideran represivo.
Punta Cana, por el contrario, ofrece neutralidad geográfica, clima caribeño familiar, libertad de movimiento y una hospitalidad que permite que el encuentro sea realmente íntimo. El gesto, aunque silencioso, se convierte en una forma de resistencia: reunir la familia sin financiar al aparato turístico estatal cubano.
Hay una especie de exilio dentro del exilio, donde los cubanos no sólo huyen de la represión política, sino también de la imposición afectiva del Estado sobre el espacio privado. Escoger a República Dominicana, en especial Punta Cana, es una manera de romper ese ciclo. Es como si dijeran: “Nuestra familia se reúne en libertad, donde el abrazo no cuesta en complicidad política”.
El fenómeno también habla de una nueva cartografía emocional del Caribe. Lugares como Varadero y Cayo Coco han dejado de ser los centros turísticos que conectaban a los cubanos con sus raíces. Ahora, espacios como Bávaro, Cap Cana, Punta Cana y Macao funcionan como nuevas “playas de los recuerdos”.
Además, hay una dimensión económica clara: muchos exiliados se niegan a dejar sus dólares en manos del Estado cubano, sabiendo que el dinero raramente beneficia directamente al pueblo.
En cambio, eligen destinos donde su gasto sí impacta al sector privado o pequeñas empresas. Este cambio de consumo turístico es también una postura ética. Ya hay quienes lo llaman el turismo de reunificación familiar.
En tiempos de migración forzada y fractura familiar, que los cubanos estén transformando a el destino República Dominicana en un refugio emocional y logístico, representa una redefinición de lo que significa “volver a casa”. Ya no se trata de tierra física, sino de espacio afectivo compartido en libertad.
Esta experiencia nos indica algo que debemos fortalecer como dominicanos: la seguridad jurídica, la democracia, la libertad económica y la paz social. Son variables que, juntas, dan buenos resultados.











