La producción bajo ambiente controlado en República Dominicana ha dejado de ser una promesa para convertirse en una realidad económica vigorosa. Con una producción que ha escalado hasta los 22 millones de libras de vegetales mensuales y exportaciones agropecuarias que superaron los US$3,200 millones en 2024, este sector es hoy un pilar del crecimiento nacional.
Sin embargo, el brillo de estas cifras contrasta con la cruda realidad que enfrentan los productores en el campo, específicamente en enclaves vitales como Rancho Arriba, Constanza y Jarabacoa. Esto es muy serio.
Hoy, el sector se encuentra bajo el asedio de dos enemigos implacables: uno biológico y otro de infraestructura. La propagación de la plaga de trips está diezmando la productividad, elevando los costos de producción a niveles insostenibles para muchos pequeños y medianos empresarios agrícolas.
El impacto no es solo económico para el agricultor; es un riesgo de seguridad sanitaria y de competitividad en los exigentes mercados de Estados Unidos y Europa.
El Ministerio de Agricultura, como órgano rector del Gobierno central en el campo, no puede limitar su acción a anuncios de récords de siembra; debe intervenir con asistencia técnica directa, programas de control biológico y subsidios que mitiguen el encarecimiento del manejo fitosanitario.
A este desafío se suma el histórico abandono de los caminos vecinales. Resulta paradójico que un sector que utiliza alta tecnología dentro de sus invernaderos dependa de vías de acceso precarias para movilizar su mercancía.
En Rancho Arriba, el traslado de la producción agrícola hacia los puertos de exportación y los centros de consumo local es una odisea que deteriora la calidad de los productos y encarece los fletes.
El auxilio solicitado no es una dádiva, es una inversión estratégica. Los productores han demostrado su capacidad de trabajo elevando la superficie de invernaderos a más de 10.5 millones de metros cuadrados. El Estado debe responder con la misma celeridad.
El combate a los trips y la pavimentación de los caminos interparcelarios son las llaves para asegurar que el éxito exportador del país no sea un fenómeno pasajero, sino un modelo de desarrollo sostenible que proteja a quienes, día tras día, garantizan la seguridad alimentaria y la generación de divisas para la nación.





