El río Ozama es mucho más que un río: es historia, identidad, desarrollo y vida para nuestra República Dominicana. Desde hace siglos ha sido testigo del crecimiento de Santo Domingo, del comercio, de la pesca y del nacimiento de comunidades enteras que encontraron en sus aguas una fuente de sustento.
Sin embargo, hoy también se ha convertido en el reflejo más visible de uno de los mayores problemas ambientales del país: la contaminación permanente causada por desechos sólidos, plásticos y la proliferación masiva de lilas acuáticas. Todo es una combinación que reta cualquier iniciativa. He sido testigo de los innumerables esfuerzos por adecentar esta área de la ciudad, que debería ser la de más alta plusvalía, como sucede en cualquier sociedad organizada y desarrollada.
Pero hay una realidad que duele. Cada día toneladas de basura llegan al río. Botellas plásticas, foam, fundas, metales, materia orgánica y desperdicios domésticos terminan flotando en sus aguas y posteriormente desembocan en el mar Caribe. Triste, pero una realidad que no podemos tapar. Lo más preocupante es que esta situación se ha normalizado.
Muchas personas observan el río contaminado y automáticamente lo asocian con un basurero. Esa percepción psicológica es uno de los mayores obstáculos para rescatarlo. Cuando un lugar luce abandonado, las personas sienten menos compromiso con cuidarlo. En cambio, cuando un espacio está limpio, iluminado y organizado, el comportamiento colectivo cambia.
El río Ozama debe entenderse como una gran avenida de agua. Las grandes avenidas de una ciudad necesitan mantenimiento diario.
Brigadas limpian constantemente las calles, recogen basura, barren aceras y retiran desperdicios porque de lo contrario esas avenidas se convertirían rápidamente en vertederos abiertos. Nadie imaginaría la avenida 27 de Febrero o la John F. Kennedy cubiertas permanentemente de basura sin intervención del Estado. Sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre con nuestros ríos.
La diferencia es que al río no se le ha dado el mismo nivel de prioridad operacional. Durante años se ha insistido en soluciones parciales como el saneamiento de cañadas, campañas educativas o programas de reforestación. Todas son importantes, pero ninguna resolverá el problema principal si no existe una limpieza constante y permanente del río. El Ozama necesita mantenimiento diario. Sé por qué lo digo. He estado ligado a su existencia como un dominicano que ha buscado su rescate y revalorización.
No me canso de decirlo: el problema del río no se resolverá solamente con discursos ambientales ni con reuniones técnicas. El río necesita acción continua. Barcos recolectores de desechos sólidos deben recorrer sus aguas diariamente retirando basura y materiales flotantes antes de que lleguen al mar Caribe. Deben existir equipos permanentes de limpieza.
Otro de los grandes problemas del Ozama es la proliferación de lilas acuáticas. Estas plantas cubren enormes áreas del río, afectando seriamente el ecosistema. Aunque visualmente puedan parecer inofensivas, consumen grandes cantidades de oxígeno y afectan la vida de los peces y otras especies.
Creo que, incluso, este problema puede convertirse en una oportunidad económica y ambiental. Las lilas pueden recolectarse, empacarse y secarse para convertirse en biomasa. En muchos países este tipo de material vegetal es utilizado para generar energía, fabricar compostaje o desarrollar productos agrícolas. Lo que hoy vemos como desperdicio podría transformarse en una fuente de valor económico si existiera una estructura organizada de aprovechamiento.
Para lograr un verdadero rescate del río Ozama se necesita financiamiento estable y continuo. Por eso sería fundamental integrar este proyecto dentro de DO Sostenible, creando una estructura económica capaz de sostener operaciones permanentes de limpieza y reciclaje. Los recursos permitirían adquirir barcos recolectores, equipos especializados y sistemas de transporte para manejar los residuos extraídos del río.
La basura recolectada podría clasificarse en centros de acopio y reciclaje, generando además empleos directos e indirectos. El plástico, el metal y otros materiales tendrían valor comercial. Esto permitiría convertir parte del problema en una economía circular donde los residuos se transformen nuevamente en recursos útiles.
Pero el impacto más importante sería social y psicológico. Cuando las personas vean un río limpio dejarán de percibirlo como un vertedero. Comenzarán a protegerlo porque entenderán que tiene valor.
La limpieza constante cambiaría la relación entre la ciudadanía y el río. Las familias podrían caminar por sus orillas, realizar paseos acuáticos, practicar deportes, pescar y disfrutar nuevamente de un espacio natural que hoy muchos consideran perdido. El Ozama podría transformarse en un símbolo de orgullo nacional. Las ciudades más admiradas del mundo han recuperado sus ríos y los han convertido en centros de desarrollo turístico y social.
Lo que antes eran aguas contaminadas hoy son espacios llenos de vida, restaurantes, turismo y actividades recreativas y saludables. República Dominicana también puede lograrlo y con la ventaja de que Santo Domingo es la ciudad primada de América.
El beneficio económico sería enorme. Un río limpio incrementaría el valor de las zonas cercanas, estimularía inversiones, impulsaría el turismo y mejoraría la imagen internacional del país. Además, reduciría la cantidad de contaminación que llega al mar Caribe, protegiendo ecosistemas marinos y playas que son fundamentales para nuestra economía.
No se trata de una idea imposible ni de un sueño inalcanzable. La solución está ahí y es más sencilla de lo que muchos creen: limpieza constante y permanente. Igual que una avenida. Igual que cualquier espacio urbano importante. Cuando se abandona una calle, la basura se acumula. Cuando se limpia diariamente, las personas aprenden a respetarla.
El río Ozama no necesita promesas eternas. Necesita disciplina operacional, continuidad y voluntad política. Necesita barcos trabajando todos los días, sistemas de reciclaje funcionando y una estructura económica sostenible que permita mantener el esfuerzo durante años. Porque un río limpio no se logra en una semana; se logra con permanencia.
El Ozama todavía tiene salvación. Sus aguas aún pueden convertirse en un lugar de encuentro para las futuras generaciones. Todavía podemos imaginar niños pescando, turistas navegando y familias disfrutando de un río que vuelva a ser símbolo de vida y no de contaminación. El día que decidamos limpiarlo de manera permanente, es decir, amarlo, también comenzaremos a cambiar la mentalidad de toda una sociedad.












