América Latina ha avanzado, pero no ha convergido. Ha acumulado capital, años de escolaridad e inversión, pero no ha logrado convertir ese esfuerzo en suficiente productividad. Ahí está una de las claves de su bajo crecimiento de largo plazo y de su dificultad para cerrar brechas con economías más avanzadas.
Según el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), aunque el ingreso por habitante en los países de Latinoamérica creció alrededor de 56% desde 1990, la productividad laboral relativa perdió terreno: en 1990, el producto por trabajador equivalía al 46% del promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE); en 2023 era apenas 37%.
Frente a Estados Unidos, cayó de 36% a 27%. No es que la región no haya avanzado. Entre 1990 y 2023, el capital físico por trabajador aumentó cerca de 80% y las capacidades del trabajador típico alrededor de 34%.
Sin embargo, la productividad laboral por hora trabajada apenas subió 32%. La diferencia está en cómo se usan esos factores y cuánto valor logran generar.
República Dominicana permite mirar esa brecha desde una posición distinta. Ha sido uno de los casos de mayor avance regional: entre 1990 y 2023, su producto interno bruto (PIB) per cápita se multiplicó por más de tres y su ingreso relativo frente a Estados Unidos pasó de 16% a 31%. Pero precisamente por eso el reto cambia.
El próximo salto dominicano no puede descansar únicamente en más inversión, construcción o expansión sectorial. Un análisis del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) señala que, entre 2013 y 2023, la economía dominicana creció en promedio 4.9%, pero la productividad total de los factores explicó apenas 0.4 puntos porcentuales de ese crecimiento. Más de 3 puntos vinieron de acumulación de capital físico.
La productividad es, en última instancia, la diferencia entre crecer porque se invierte más y crecer porque cada inversión rinde más.
Esa diferencia se juega en lugares concretos: en una empresa pequeña que no logra formalizarse sin elevar demasiado sus costos; en un productor que no accede a tecnología o financiamiento; en una industria que pierde competitividad por energía cara o logística ineficiente; o en un joven que estudia, pero no encuentra una transición clara hacia un empleo de mayor valor.
La agenda debe concentrarse en tres frentes. Primero, empresas que puedan escalar, con menor costo de formalización, más acceso a financiamiento, tecnología y competencia. Segundo, talento mejor conectado con el mercado, mediante formación técnica vinculada a sectores concretos como zonas francas, turismo, agroindustria, logística y servicios digitales. Tercero, menores costos sistémicos para producir: energía confiable, agua, transporte eficiente y trámites que no encarezcan la inversión formal.
No se trata de una agenda abstracta. Se trata de remover fricciones que hoy hacen que empresas, trabajadores e inversión produzcan menos valor del que podrían producir.
El próximo salto no será crecer más por inercia. Será producir más valor con lo que ya tenemos. Ahí es donde la productividad se convierte en desarrollo.










