Recibí una nota de prensa que informaba que el director ejecutivo del Fideicomiso para el Desarrollo del Sistema de Transporte Masivo (Fitram), Jhael Isa, visitó la fábrica de Belford en Francia, donde se ensamblan 13 de los 15 trenes del monorriel de Santiago. Hubo fotos, pero ninguna muestra el proceso de ensamblaje.
En buen dominicano: ¡Ya está bueno de amagues y cambios de fechas! ¿Por qué no terminan eso de una vez y por todas? Los santiagueros están cansados de promesas aéreas mientras el caos del tránsito en la Ciudad Corazón sigue asfixiando el día a día de sus ciudadanos.
La realidad es contundente: el proyecto fue iniciado formalmente por el presidente Luis Abinader el 30 de marzo de 2022. Cuatro años han pasado desde el primer picazo, una eternidad para una población que necesita soluciones de movilidad urgentes. Cuatro años de desvíos, calles cerradas y promesas de modernidad que chocan de frente con la exasperante lentitud burocrática y constructiva que caracteriza a las obras estatales, no solo en la hidalga ciudad de los treinta caballeros, sino también en Santo Domingo.
Cada aplazamiento en el calendario de entrega erosiona la confianza de la gente. El ejemplo más claro de este desfase institucional y de planificación es el Teleférico de Santiago. Fue inaugurado oficialmente con bombos y platillos el 17 de marzo de 2024, concebido como una pieza del SIT-Stgo. Sin embargo, a la fecha, esta obra se encuentra dolorosamente subutilizada. Sin el monorriel funcionando como la columna vertebral del sistema masivo, el teleférico opera de forma aislada, limitando su verdadero impacto social y económico.
Es un monumento a la desconexión gubernamental: inaugurar una parte del rompecabezas sin tener las piezas fundamentales listas para encajar. Ahora, las autoridades proyectan la puesta en operación comercial del monorriel para finales del año 2026. Estoy orando por que así sea.
Hay que admitir que será un gran logro que el sistema cruce desde Cienfuegos hasta Pekín en aproximadamente 25 minutos. No obstante, reajustar las fechas originales se ha convertido en la norma y no en la excepción. ¿Cuántos plazos más tendremos que soportar antes de ver este sistema integrado en pleno funcionamiento? Los cuatro años transcurridos representan demasiado tiempo perdido para el desarrollo productivo y la calidad de vida de Santiago.
La paciencia tiene un límite bien definido, pero en este caso cuesta esperar. Los amagues con reportes desde Francia y fotos protocolares ya no bastan para calmar el descontento colectivo.
Santiago de los Caballeros y el país demandan eficiencia real, no relaciones públicas. Es hora de acelerar el paso de manera definitiva, fiscalizar los retrasos y garantizar que el cierre de 2026 no sea una falsa meta más en el horizonte de la infraestructura dominicana.
No quiero ni hablar de la autopista Duarte, ahora más peligrosa que antes de ser intervenida. ¿Y el kilómetro 9? Ya ni sé qué decir sobre esta vergüenza pública.






