En 1964, el astrofísico soviético Nikolái Kardashev propuso una forma insólita de medir el avance de una civilización: no por su conocimiento ni su riqueza, sino por la energía que es capaz de capturar y dirigir. En su escala, una civilización asciende a medida que domina primero la energía de su planeta, luego la de su estrella y, por último, la de su galaxia; la Tierra entera, estimó Carl Sagan, no alcanza aún el primer peldaño. La idea, nacida para pensar el cosmos, encierra una verdad terrenal: todo avance tecnológico es, en el fondo, energía disciplinada.
Conviene tener esa escala en mente al mirar lo que ocurre en Pedernales, una de las provincias más pobres de República Dominicana. Allí, en el municipio de Oviedo, la empresa estadounidense Launch On Demand levantará el primer puerto espacial comercial del país: una inversión privada superior a los 600 millones de dólares que aspira a lanzar su primer cohete antes de mayo de 2028. Pero antes de construir una sola rampa de lanzamiento, el proyecto deberá construir otra cosa: una planta eléctrica de 200 megavatios y una desalinizadora. La base espacial tendrá que fabricar su propia energía antes de fabricar cualquier otra cosa.
Ese detalle, fácil de pasar por alto, contiene la historia económica más importante del país en esta década. La República Dominicana celebra en 2026 tres conquistas tecnológicas como si fueran noticias independientes: un memorando de cooperación nuclear con Estados Unidos, una Estrategia Nacional de Semiconductores con rango de prioridad nacional y el puerto espacial de Oviedo. No son independientes. Las tres descansan sobre la única variable que el país nunca terminó de resolver, la misma que Kardashev puso en el centro: una energía estable, confiable y a precio competitivo.
El escepticismo fácil es tan estéril como el optimismo acrítico, y las tres apuestas son serias. La estrategia de semiconductores se apoya en una base exportadora de zonas francas que superó los 8,600 millones de dólares en 2024 y en una revisión de la OCDE de marzo de 2026. El memorando nuclear señala una confianza estratégica de Washington poco común para una economía de este tamaño. Y el puerto espacial es capital privado, no gasto público. El país dio un giro real, y negarlo sería injusto.
El problema aparece al mirar la infraestructura sobre la que todo eso debe sostenerse. Según el Organismo Coordinador y la Superintendencia de Electricidad (SIE), el gas natural, el carbón y el fuel oil aportaron en 2024 el 83.2% de la energía generada: combustibles fósiles, casi todos importados.
La distribución arrastra, además, dos males distintos. Uno es fiscal y estructural: las pérdidas técnicas y no técnicas -redes deterioradas, fraude, circuitos informales- rondan el 37%, según el Ministerio de Energía y Minas, frente a un promedio latinoamericano de 10% a 15%. El otro es de fiabilidad: la propia SIE reportó en 2024 interrupciones de entre cinco y ocho horas mensuales por distribuidora. La meta oficial de cubrir una cuarta parte de la generación con renovables para 2025 quedó incumplida. El resultado es una energía cara y, sobre todo, poco previsible.
Y aquí está el matiz que el debate suele perder. La manufactura avanzada no necesita simplemente más electricidad; necesita electricidad de una calidad que esa segunda falla pone en duda. Una fábrica de semiconductores no tolera un microcorte: una caída de tensión de milisegundos puede arruinar un lote completo de obleas. Un centro de datos exige una disponibilidad cercana a la perfección.
Estas industrias no piden volumen; piden fiabilidad. Y la fiabilidad es, precisamente, lo que la matriz dominicana no garantiza hoy.
Por eso Launch On Demand construirá sus propios 200 megavatios, y su propia desalinizadora. Es verdad que las instalaciones críticas se autogeneran en todo el mundo, incluso sobre redes excelentes, por redundancia operativa. Pero la diferencia importa: donde la red es robusta, autogenerar es una póliza de seguro; en Pedernales es una condición de viabilidad. Cuando un proyecto de 600 millones de dólares decide producir su propia energía y agua en lugar de confiar en la red nacional, emite el diagnóstico más honesto disponible sobre ella.
Cuando una inversión de 600 millones de dólares debe construir su propia planta eléctrica antes que su plataforma de lanzamiento, dice en voz alta lo que el discurso oficial calla: la red nacional no basta.
Aquí la escala de Kardashev revela su límite, y de paso afina nuestra tesis. Kardashev cuenta los vatios brutos: cuánta energía captura una civilización. Pero el caso dominicano enseña que la magnitud no basta: de poco sirve generar más si la energía no llega sin interrupción, sin pérdidas y a un precio sostenible. El avance no lo escriben quienes capturan más energía, sino quienes la dominan mejor.
Kardashev contó los vatios que una civilización captura; la historia del siglo XXI la escribirán los que sepan entregarlos sin interrupción.
Leído en esta clave, el memorando nuclear con Estados Unidos resulta más revelador de lo que parece. Los expertos citados por el propio Departamento de Estado mencionan reactores modulares pequeños, del tamaño adecuado para una red como la dominicana. En mi opinión, ese memorando es menos un trofeo diplomático que un reconocimiento tácito: la matriz actual no puede con la ambición del país. Conviene precisar que es un marco que no autoriza transferencia de material ni tecnología, y que esos reactores son aún una caracterización de especialistas, no un plan firmado.
Un optimista podría objetar, con razón parcial, que el país ha sumado capacidad, convertido plantas al gas y visto crecer las renovables. Es cierto. Pero el cuello de botella no está en la generación: la propia industria eléctrica insiste en que no existe déficit de oferta, con plantas disponibles muy por encima de la demanda.
El problema está en la transmisión, en las pérdidas, en la previsibilidad y en el precio. Y esas pérdidas se traducen, además, en un subsidio estatal que en 2024 superó los 1,500 millones de dólares. Añadir megavatios a una red que desperdicia semejante porción de lo que transporta no resuelve lo que la manufactura de alta tecnología reclama.
De ahí que la política industrial de la próxima década no se decida en los incentivos fiscales -que ya existen, y son generosos- sino en la infraestructura energética. Y esa decisión es también geopolítica: a mi juicio, quien financie y construya esa capacidad -Estados Unidos a través del marco nuclear, o alternativas chinas o rusas- moldeará la alineación estratégica del país por una generación.
El camino no es un misterio: invertir en transmisión, reducir las pérdidas y reformar el precio. En suma, tratar la energía como precondición del desarrollo, no como un complemento que se resolverá solo. México, el referente regional del nearshoring, choca hoy con este mismo obstáculo. La República Dominicana puede aprender de ese tropiezo antes de repetirlo.
Cuando el primer cohete despegue de Oviedo, lo hará impulsado por una energía que el país tuvo que construir al margen de su propia red. La imagen es elocuente: en la escalera de Kardashev, una nación no asciende lanzando cohetes mientras pierde un tercio de su electricidad en el camino.
La verdadera pregunta no es si la República Dominicana puede llegar al espacio; es si algún día el resto del país funcionará con la misma energía confiable que enciende el cohete.











