“La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. OMC
En nuestro país la salud escolar suele recibir menos atención pública que la alimentación, quizás porque esta última se expresa diariamente en millones de raciones. Este hecho no anula la realidad de que ambas forman parte de una misma realidad: un estudiante con hambre, dolor, dificultad visual o auditiva, anemia, parasitosis u otra condición no atendida difícilmente puede concentrarse, participar y aprender en igualdad de condiciones.
Una dificultad visual no detectada puede confundirse con desinterés y una limitación auditiva, con distracción o indisciplina. Sabemos que el dolor dental altera el sueño y la concentración, mientras determinadas condiciones nutricionales reducen la energía y la disposición para aprender. De ahí que la salud visual, auditiva, bucal, epidemiológica y nutricional, comprendidas en los compromisos del Inabie, constituyan uno de los más efectivos instrumentos estatales para remover obstáculos concretos al aprendizaje.
Debemos aprovechar una ventaja excepcional que está precisamente en la escuela. Ella concentra estudiantes por centros, grados y territorios, lo cual permite realizar evaluaciones colectivas, detectar riesgos tempranamente y acercar servicios a familias que, por razones económicas, geográficas o culturales, no siempre acceden oportunamente al sistema sanitario. Es hora de que, en una economía ciertamente madura y en crecimiento, aunque con muchas deformaciones y problemas estructurales no resueltos, la escuela se convierta efectivamente en una puerta de entrada hacia derechos que trascienden el aula.
En este contexto, es lamentable constatar que persiste una vieja debilidad del Estado dominicano que consiste en presentar una jornada de salud como si ella, por sí sola, constituyera una política pública. ¡Siempre seguimos la rutina de organizar un operativo, contar consultas, tomar fotografías y producir montones de informes! El hecho fundamental es que la verdadera política comienza después, esto es, cuando el problema detectado conduce a atención, tratamiento, dispositivo, referencia y seguimiento.
Durante la gestión encabezada por Víctor Castro procuramos avanzar en esa dirección. La evaluación visual debía conducir a la entrega de lentes cuando fueran necesarios; una dificultad auditiva requería referencia y tratamiento; la atención odontológica debía combinar prevención y solución, y de la evaluación nutricional tenían que surgir recomendaciones compatibles con la condición del estudiante y las posibilidades de intervención desde la propia alimentación escolar.
Esta línea debe tener un carácter inamovible, independientemente de quién esté al frente.
Detectar sin atender puede mejorar una estadística, pero difícilmente mejora una vida. Es precisamente por ello que la salud escolar necesita sistemas de información y coordinación. Debemos entender que los datos no pueden quedar encerrados en formularios; su valor reside en que deben orientar prioridades territoriales, compras de insumos, alianzas clínicas y decisiones posteriores. ¡Pero el INABIE tampoco puede hacerlo todo! Debe articularse con la rectoría sanitaria, los servicios regionales de salud, hospitales, universidades y asociaciones profesionales. Actuar como un compartimiento estanco resta eficacia y fiabilidad social a sus ejecutorias.
¿Medir la gestión por actividades realizadas? No basta con saber cuántos estudiantes fueron examinados, cuántos lentes se entregaron o cuántas consultas odontológicas se ofrecieron. Vayamos más allá y preguntemos: ¿qué cambió después de la intervención? ¿Mejoró la condición detectada? ¿Disminuyó la barrera que interfería con el aprendizaje?
Al igual que otros componentes de la misión institucional, la salud es una expresión de desigualdad porque una familia con recursos puede pagar una consulta, unos lentes o un tratamiento; al mismo tiempo, en un hogar pobre, cualquier gasto inesperado puede obligar a escoger entre alternativas que son igualmente necesarias: atender una dolencia, comprar alimentos o pagar el transporte. Acercar la salud a la escuela es reducir una desigualdad que puede convertirse después en desventaja educativa.
El verdadero alcance de la salud escolar se mide en problemas detectados y resueltos. Cuando atendemos oportunamente las urgencias de salud en las escuelas devolvemos mejores condiciones para aprender y, al mismo tiempo, aligeramos los gastos a las familias.




