Las Terrenas corre el riesgo de morir de éxito. El pueblo que atrajo visitantes por sus playas, cocoteros, diversidad cultural y escala humana se vuelve cada vez más caro, congestionado y ajeno para parte de quienes viven y trabajan allí.
No es un fenómeno exclusivamente local. Las Terrenas refleja un modelo nacional que todavía mide el éxito turístico por la inversión captada, las habitaciones disponibles y los metros cuadrados construidos, sin valorar suficientemente la presión sobre el agua, el saneamiento, la vivienda, las playas y los ecosistemas que sostienen el destino.
Construir más no equivale automáticamente a desarrollar mejor. Cuando la expansión inmobiliaria avanza más rápido que la infraestructura y la capacidad de regulación, la rentabilidad se privatiza mientras una parte importante de los costos ambientales, sociales y fiscales queda en manos de la comunidad y del Estado.
Cada loma desmontada, humedal rellenado o terreno inundable urbanizado aumenta la vulnerabilidad. Los humedales almacenan agua; la vegetación estabiliza el suelo; las dunas y ecosistemas costeros amortiguan tormentas y erosión. La naturaleza no es decoración: es infraestructura.
El cambio climático vuelve esta discusión más urgente. Las lluvias extremas, la erosión costera, las sequías y los huracanes amenazan las mismas inversiones que hoy se construyen sin considerar plenamente esos riesgos. Un proyecto expuesto a inundaciones, escasez de agua o retroceso de playas puede perder valor, interrumpir operaciones y transformarse en un activo problemático. La vulnerabilidad climática es también riesgo financiero.
La presión se extiende a los servicios. Cada apartamento, villa, piscina y alojamiento turístico demanda agua, electricidad, movilidad, recogida de residuos y tratamiento de aguas residuales. Antes de autorizar nuevos proyectos, las instituciones deberían demostrar que existe capacidad para atenderlos sin deteriorar el servicio de las comunidades existentes.
También se transforma el mercado de vivienda. Los precios en dólares, las segundas residencias y el alquiler vacacional desplazan gradualmente a trabajadores y familias dominicanas hacia zonas más alejadas. No siempre ocurre mediante un desalojo: muchas veces sucede a través del precio. El residente continúa cerca, pero pierde capacidad para comprar, alquilar y disfrutar de su propio municipio.
La diversidad internacional de Las Terrenas constituye uno de sus mayores valores. La discusión no debe convertirse en una confrontación entre dominicanos y extranjeros. Sí debe reconocer que existen diferencias de poder, ingreso, nacionalidad y color de piel que pueden expresarse en discriminación, desigualdad laboral y acceso privilegiado al territorio. Una política turística responsable debe proteger el trabajo decente, la igualdad de trato y la convivencia respetuosa, sin estigmatizar comunidades completas.
La transparencia del capital también importa. El sector inmobiliario puede ser utilizado para ocultar o movilizar fondos ilícitos; por eso existen obligaciones de debida diligencia y conocimiento del beneficiario final. Esto no convierte a cada comprador extranjero en sospechoso. Significa que promotores, agentes, abogados, notarios, fiduciarias y entidades financieras deben aplicar controles proporcionales al riesgo.
Aquí la banca tiene un papel decisivo. Los proyectos necesitan crédito, garantías, fideicomisos, seguros y compradores sobre plano. Los bancos no sustituyen al regulador ni son autores directos de cada impacto causado por sus clientes, pero sí deben identificar riesgos previsibles y condicionar el financiamiento a medidas correctivas.
Las buenas prácticas internacionales, incluidos los Estándares de Desempeño de la IFC y los Principios del Ecuador, ofrecen referencias para evaluar riesgos ambientales, sociales y climáticos; incorporar compromisos contractuales y monitorear su cumplimiento. República Dominicana también cuenta con una Taxonomía Verde y un marco para bonos verdes, sociales y sostenibles.
Sin embargo, las finanzas sostenibles no consisten solamente en etiquetar créditos verdes. Un proyecto no se vuelve sostenible por instalar paneles solares si destruye un humedal, carece de una solución sanitaria adecuada o genera conflicto social. La verdadera prueba consiste en integrar el riesgo ESG al análisis crediticio ordinario y aplicar el principio de no causar daños significativos.
Las Terrenas puede convertirse en un laboratorio de transición turística. El Gobierno, ayuntamiento, banca, desarrolladores, empresas turísticas, organismos multilaterales y comunidades pueden construir una cartera de inversiones en saneamiento, eficiencia hídrica y energética, economía circular, edificaciones resilientes, restauración de ecosistemas y vivienda asequible.
Esto requiere un plan vinculante de ordenamiento territorial, evaluación de capacidad de carga, protección de humedales, límites de altura y densidad, estudios climáticos y geotécnicos, transparencia de permisos y una regulación razonable del alquiler vacacional. Los nuevos desarrollos también deberían realizar una contribución proporcional y transparente a la infraestructura y conservación del municipio.
No se trata de cerrar Las Terrenas al turismo, a la inversión o a los nuevos residentes. Se trata de decidir qué tipo de inversión queremos atraer, dónde puede desarrollarse y qué valor permanente dejará en el territorio.
Las Terrenas no necesita convertirse en un pequeño Saint-Tropez. Su ventaja competitiva está precisamente en continuar siendo Las Terrenas: dominicana, caribeña, diversa y natural.












