La agricultura familiar encuentra en las mujeres rurales una parte todavía poco visible de su capacidad productiva. En las denominadas “casas sombra”, instaladas en la provincia La Altagracia, esa participación se traduce en cultivos que llegan a hoteles de Punta Cana, crianza de tilapias y una fuente de ingresos que, según las productoras, puede superar lo obtenido en el mercado tradicional.
Dioris Rijo, de 50 años, conoce el proceso desde el inicio. Fue fundadora de Casa Sombra 1 y luego pasó a Casa Sombra 2, donde continúa trabajando desde hace más de un año. Antes de incorporarse al proyecto tuvo que emigrar para buscar empleo. Trabajó 11 años en hoteles y cinco años y medio en una zona franca porque, según explica, en el campo había pocas alternativas para generar ingresos y criar a sus hijos.
“Se siente muy bien saber que está haciendo su vida y aportando a su casa, la economía, todo desde su propio hogar”, cuenta Rijo. Para ella, una de las principales diferencias es que ahora puede trabajar en la agricultura sin alejarse de su comunidad.
Cultivos
En las casas sombra (llamadas así porque son cercas de mallas cubiertas con lonas negras), las familias producen todo el año. Preparan canteros y cosechan lechuga, puerro, ajíes, pepino, tomate y espinaca. Algunos cultivos están listos en poco más de 20 días, mientras otros requieren hasta dos meses. El puerro se adapta bien a la zona y figura entre los productos más solicitados.
La producción no se queda en el autoconsumo. Rijo explica que los vegetales se venden en el mercado, a la comunidad y a hoteles. Los pedidos pueden ser semanales o quincenales y el pago se realiza mensualmente. Señala que los precios del mercado son menores y que vender a hoteles deja un margen mayor.
La diferencia puede ser significativa. Una venta en el mercado puede representar alrededor de RD$5,000 o RD$6,000, mientras que un pedido de un hotel puede generar un cheque de RD$20,000 o RD$25,000, según el volumen solicitado. Rijo estima que una casa sombra puede generar entre RD$50,000 y RD$60,000, únicamente por los cultivos, aunque aclara que ninguna de las dos estructuras de su comunidad funciona todavía a su máxima capacidad.
Las limitaciones son concretas. El calor y el sol intenso han afectado la producción. En la crianza de tilapia, el principal problema es la electricidad. Los peces necesitan oxígeno y, cuando falla el suministro eléctrico, las productoras deben recurrir a una planta y vigilarla durante la noche.
Tilapias
La actividad acuícola añade otra fuente de ingresos. Rijo explica que una cosecha de 1,500 tilapias puede dejar entre RD$70,000 y RD$80,000 de beneficio y que los ciclos son de unos cuatro meses. La comunidad cuenta con 18 estanques, frente a uno al comenzar. La capacidad tampoco se aprovecha por completo por la falta de un sistema de emergencia eléctrica confiable.
El modelo también ha modificado la forma de producir. Rijo explica que, antes de recibir capacitación, era común recurrir a pesticidas para proteger los cultivos. Con el acompañamiento institucional aprendieron a elaborar productos orgánicos con recursos disponibles en el entorno. También cuentan con biodigestor y compostera para producir abono y reducir la necesidad de comprar insumos.
Modelo
Para Rodrigo Castañedas, representante de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en República Dominicana, las casas sombra buscan optimizar la producción y utilizar menos agua. El ambiente controlado permite producir durante todo el año y las tecnologías de riego y las mallas ayudan a conservar la humedad del suelo y reducir la evaporación. El resultado, según explica, es una mayor productividad.

El piloto de este modelo tiene aproximadamente seis años. Castañedas señala que la experiencia pasó de ser un proyecto de la FAO a convertirse en una política pública mediante Dirección de Desarrollo Social Supérate. El modelo está dirigido a familias vulnerables con acceso a tierra y combina infraestructura productiva, biodigestor, asistencia técnica y acceso a mercado.
Una casa sombra cuesta alrededor de US$12,000 a US$15,000, de acuerdo con Castañedas. Ese monto incluye los componentes del modelo, como manejo de desechos, asistencia técnica y acceso a mercado. La lógica es identificar primero la demanda y luego definir qué producir. En Punta Cana, por ejemplo, los hoteles representan un mercado para vegetales y tilapia.
Andrés Cedano, de la FAO, explica que los proyectos están vinculados a la agricultura familiar porque los terrenos son aportados por familias y son sus propios integrantes quienes trabajan. En uno de los grupos participan alrededor de 16 o 17 mujeres y la comercialización se realiza de manera conjunta. La relación con los hoteles de Punta Cana ha sido un elemento central para colocar la producción.
La escala del modelo también se ha ampliado. Míriam Guzmán, viceministra de Desarrollo Rural del Ministerio de Agricultura, informó que existen 63 casas sombra en el país. La mayoría ha recibido apoyo de la FAO o comenzó con Supérate, pero el Ministerio de Agricultura ha continuado instalando unidades con cooperación europea y programas propios. El modelo se encuentra en demarcaciones como Constanza, La Altagracia, Samaná, Pedernales y Neiba.
Guzmán plantea que el cambio central consiste en dejar de sembrar sin conocer quién comprará la producción. En su explicación, la planificación a partir de la demanda permite establecer cronogramas de siembra y reducir pérdidas. Una lechuga, por ejemplo, puede programarse para entregar cantidades semanales si se escalonan los cultivos.
Guzmán sostiene que la agricultura puede ser rentable cuando se trabaja de forma organizada y se seleccionan cultivos de acuerdo con el mercado. Para las mujeres y los jóvenes, el Estado busca facilitar además el acceso a equipos, financiamiento y capacitación. El Banco Agrícola cuenta, según la funcionaria, con programas dirigidos a mujeres agricultoras y jóvenes del campo.
Participación
La participación femenina, sin embargo, sigue siendo reducida en el agro dominicano. Datos de la Oficina Sectorial Agropecuaria de la Mujer indican que el 27.6% de la población dominicana vive en zonas rurales, mientras persisten limitaciones para las mujeres en financiamiento, titulación de tierras y distribución del trabajo no remunerado.
Las cifras de ocupación muestran esa brecha. Según datos del Banco Central incluidos en el material, en 2014 había 27,369 mujeres entre los 408,267 trabajadores del sector agropecuario, equivalentes al 6.7%. En 2019, su participación había descendido al 5.6%. En 2023 se registraron 29,936 mujeres ocupadas en el agro y en 2024 la cifra bajó a 22,968, una reducción de 6,968 en un año.
En el cuarto trimestre de 2025, la población ocupada en el sector agropecuario era de 324,756 personas, de las cuales 18,260 eran mujeres. Para el segundo trimestre de 2026, el total subió a 330,654 trabajadores y las mujeres a 19,559. Aunque hubo un aumento frente al cierre de 2025, la participación femenina continúa siendo minoritaria.
Míriam Jeannette Batista, viceministra de Coordinación Intersectorial, señala que las casas sombra pueden ayudar a reducir esa brecha porque permiten a las mujeres combinar la actividad productiva con las responsabilidades familiares. Pone como ejemplo a Rijo, quien trabaja en la casa sombra desde temprano y luego atiende otras actividades económicas y familiares.
Ese esquema tiene una dimensión económica. Batista sostiene que las mujeres adquieren conocimientos y herramientas para generar ingresos y que, al mismo tiempo, se integran a cadenas productivas locales. En el caso de estas casas sombra, menciona la relación comercial con hoteles, que absorben prácticamente toda la producción en determinados períodos.
El acompañamiento también incluye educación financiera y procesos de formalización. Batista explica que el Ministerio de la Mujer trabaja con el Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes (MICM), Promipyme, Adopem y otras entidades para identificar emprendimientos que todavía no están formalizados, avanzar hacia su constitución y facilitar posteriormente la bancarización.
Para Rijo, el valor del proyecto no se limita al ingreso. También está en producir alimentos para la comunidad. Cuando una cosecha no encuentra salida suficiente en los hoteles o el mercado, las productoras procuran venderla localmente. “Lo que aquí se produce nunca se pierde”, resume al explicar esa dinámica.
El reto para estas agricultoras es sostener esa producción y convertirla en una actividad estable. La experiencia de Rijo muestra que el acceso a tierra, infraestructura, capacitación y mercado puede abrir una alternativa de ingresos sin obligar a las mujeres a abandonar sus comunidades. Pero también evidencia que la continuidad depende de resolver problemas de riego, electricidad, capacidad productiva y comercialización.
Para la FAO, el mercado es la principal medida de sostenibilidad del modelo. Castañedas resume esa lógica en una relación directa: si existe demanda, existe una razón para producir. El objetivo, explica, es integrar a pequeños agricultores a cadenas de valor como el turismo, mientras se tecnifican y se adaptan a condiciones climáticas que han cambiado.
En ese proceso, las mujeres ocupan un espacio que todavía es pequeño dentro de las estadísticas nacionales, pero que ya genera producción e ingresos en comunidades rurales. Las casas sombra muestran una actividad que combina agricultura, comercialización y, en el caso de La Altagracia, una posible conexión con el turismo. Para Rijo, el cambio está en poder producir, vender y sostener parte de la economía familiar sin salir de su comunidad.
Potencial agroturístico
Ámbar Rijo destacó que las casas sombra no solo representan una alternativa para la producción agrícola, sino que también pueden convertirse en un atractivo para el turismo rural y una fuente adicional de ingresos para las comunidades. La propuesta busca que los visitantes conozcan de cerca cómo se producen los alimentos que llegan a su mesa y, al mismo tiempo, consuman y compren productos elaborados en la zona.
El proyecto contempla recorridos por las áreas de cultivo para mostrar la producción de vegetales y tilapia, además de actividades como la pesca. La experiencia podría incluir la preparación de alimentos con productos cosechados en el propio proyecto, así como la venta de dulces, artesanías y otros artículos elaborados por las familias de la comunidad.
La iniciativa apuesta por integrar elementos culturales. Una de las familias vinculadas al proyecto tiene una tradición musical que se ha transmitido entre generaciones, por lo que se plantea incorporar presentaciones de músicos locales y nuevos talentos como parte de la experiencia turística.












