El Banco Central (BCRD) reportó que los flujos de remesas hacia alcanzaron la histórica cifra de US$9,489.8 millones en enero-septiembre de 2026, lo que representa un sólido crecimiento interanual del 6.5%.
La institución financiera subraya que el comportamiento de estas divisas, que han superado de forma consecutiva los US$1,000 millones mensuales por siete meses corridos, ha sido clave para garantizar la estabilidad del mercado cambiario y fortalecer las reservas internacionales netas.
El propio Banco Central proyecta de manera optimista que, al cierre de este año, los ingresos por concepto de remesas se ubicarán en torno a los US$12,600 millones, consolidando su rol indispensable en la estructura económica nacional frente a un entorno global desafiante. Creo que “los dominicanos de allá” merecen un aplauso grande aquí. Su aporte debería ser recompensado de alguna manera.
Este constante incremento en el flujo de remesas es mucho más que un reflejo de solidaridad familiar; constituye un pilar macroeconómico insustituible. A pesar de las incertidumbres globales y los ciclos inflacionarios, los dominicanos en el exterior mantienen un compromiso inquebrantable con sus hogares, consolidando estas transferencias como una de las principales fuentes de ingresos externos del país.
El impacto de estos recursos no solo se limita al sustento básico, sino que se transforma en el principal motor que dinamiza la actividad comercial en muchas comunidades de la geografía nacional. Nadie se atreve a rebatirlo.
La relevancia fundamental de las remesas radica en su capacidad inmediata para estimular el consumo interno. Al llegar directamente a los hogares de ingresos medios y bajos, estos recursos se traducen de forma casi instantánea en demandas de bienes y servicios.
El dinero recibido se destina prioritariamente a cubrir canastas alimentarias, servicios de salud, acceso a la educación y mejoras en la vivienda. Este flujo constante de efectivo activa colateralmente al comercio minorista, las microempresas y las cadenas de suministro locales, manteniendo a flote la economía doméstica incluso en momentos en que las presiones internacionales amenazan la estabilidad de los precios.
Por lógica del contexto, esta inyección masiva de liquidez genera un impacto directo y positivo en las recaudaciones fiscales del Estado, específicamente a través del Impuesto sobre Transferencias de Bienes Industrializados y Servicios (ITBIS). A medida que las familias receptoras aumentan su capacidad de compra y adquieren productos gravados, el consumo respaldado por las remesas se convierte en una fuente indirecta de tributación.
En todo caso, el beneficio más trascendental de las remesas se observa en la mejoría sustancial de la calidad de vida de miles de familias. Al actuar como un mecanismo efectivo de redistribución del ingreso, estos fondos alivian los niveles de pobreza y mitigan la vulnerabilidad económica de los hogares. Y aunque duela decirlo: esto no es por la política de inclusión de un gobierno, sino a falta de.









