Hoy en día desde nuestros teléfonos tenemos acceso a información, funciones y tareas que hace tan solo 30 años requerían al menos 11 aparatos distintos, con un valor conjunto de casi 13 mil veces mayor que un celular inteligente de alta gama en el mercado actual.
Pronto nadie se extrañará al ver automóviles que se manejan solos, así como ya tenemos drones que transportan medicamentos a lugares aislados después de desastres naturales, o impresoras 3D imprimiendo huesos y órganos humanos en plástico para que los cirujanos simulen la intervención y aumenten las oportunidades de éxito de sus intervenciones.
Lo que antes era considerado como ciencia ficción, hoy es una realidad. Esta realidad, a la que llamamos ahora la cuarta revolución industrial, es paradójicamente tanto motivo de asombro como de preocupación, particularmente en lo que se refiere a los empleos actuales y los del futuro.
Esos empleos del futuro requieren de habilidades que hoy por hoy la gran mayoría de latinoamericanos y caribeños todavía necesita adquirir o perfeccionar. Crear esas habilidades y competencias en América Latina y el Caribe es una tarea que compete no solo a los gobiernos, sino a las empresas privadas y a la sociedad civil.
¿Por qué debemos invertir en cerrar esa brecha de conocimiento en nuestra región? Porque la automatización podría evaporar hasta dos tercios de los empleos en el sector industrial de los países en desarrollo, según un informe reciente de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).
La ventaja competitiva tradicional de América Latina y el Caribe de ofrecer menores costos de producción está desapareciendo a medida que las empresas en países industrializados encuentran más rentable automatizar algunos procesos de producción en su propio territorio que exportarlos hacia terceros países- lo que se conoce como el “reshoring” o reimportación de sus empleos e instalaciones productivas. Los desequilibrios externos no solo se manifiestan en la balanza comercial (importaciones y exportaciones de bienes), como también en la balanza de servicios.
Así, para nuestra región, la era de la innovación tecnológica presenta tanto desafíos como también un gran potencial para el desarrollo. Abrazar la cuarta revolución industrial y abrir a Latinoamérica y el Caribe cada vez hacia una cultura de innovación es la clave para convertir la amenaza de la automatización en una brillante oportunidad para el futuro.
Esa cultura de innovación y la oportunidad que abre para los empleos del futuro fue el tema central del encuentro que el Grupo BID sostuvo con representantes de la sociedad civil de toda la región en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, durante la primera semana de noviembre.
Sacar provecho de la cuarta revolución industrial requiere políticas públicas integrales para el desarrollo de habilidades en varios sectores.
Como describimos en el libro insignia del BID este año, Aprender mejor: Políticas públicas para el desarrollo de habilidades los empleos del futuro demandarán niveles más altos de conocimiento de ciencias, ingeniería, matemática y tecnología. Las innovaciones tecnológicas aumentan la productividad y demandan empleados capaces de resolver problemas, pensar en abstracto, y que sean creativos y tengan habilidades sociales.
Las ocupaciones con alta remuneración, intensivas en tareas abstractas y creativas, han comenzado a despuntar en nuestra región, pero a un ritmo mucho menor que en los países desarrollados, debido justamente a la lenta penetración de las nuevas tecnologías.
Esa lentitud, irónicamente, da un poco más tiempo a la región para prepararse para esas innovaciones, que, tarde o temprano, llegarán. Así, entonces es ahora más importante que nunca estimular desde el Estado y los organismos multilaterales los emprendimientos con alto componente de innovación como una estrategia para el futuro.
Cuando hablamos de generar capacidades laborales generalmente pensamos en las instituciones educativas formales y en comenzar desde las escuelas. Si bien ese enfoque es correcto, no es el único. Desarrollar esas habilidades requiere esfuerzos de diferentes actores, ya que los espacios de aprendizaje para el desarrollo de habilidades exceden las aulas tradicionales y abarcan los hogares, los lugares de trabajo y otros centros de capacitación.
Pero la clave del éxito, y la cualidad que distingue a los innovadores más exitosos del mundo, es el aprendizaje constante. La educación no empieza ni termina en las aulas. Las personas, y los países, que entienden que es necesario ir adquiriendo nuevas habilidades para adaptarse a las circunstancias cambiantes, son los que tendrán mayor éxito.
Es por eso que, hoy más que nunca, el futuro de América Latina se escribe con “i” de innovación.
En ese futuro innovador, la sociedad civil jugará un rol fundamental para conectar a los diferentes sectores de nuestros países para que juntos, haremos la nuestra una de las regiones más innovadoras del planeta.
* El autor es vicepresidente de Países del Banco Interamericano de Desarrollo











