Mantener la confianza de los agentes económicos en el futuro inmediato y de largo plazo del país es, sin lugar a duda, un compromiso ineludible. Las autoridades monetarias, más que nadie, están obligadas a seguir el camino de la estabilidad. Afianzarlo cada día envía señales muy claras.
La confianza es un valor intangible que tiene, en casi todos los casos, más importancia que aquellos elementos que podemos medir matemáticamente. Cuando se pierde, y la historia reciente de nuestro país registra algunos episodios, recuperarla cuesta más de lo que económicamente podemos soportar.
Soy de los que considera que la confianza en la economía y la política monetaria van de la mano. Sinceramente no podría escoger entre cuál de estas dos variables resulta más importante. Sin una política monetaria coherente con los objetivos del país no se puede generar la confianza necesaria para que esas medidas tengan los efectos deseados y esperados.
O al revés: cuando no hay confianza en la economía, por la razón que fuere, ninguna política monetaria tendrá los resultados que esperamos. Cuidar de estas dos variables, por ende, debe ser un juego de balances, de equilibrios implícitos (o explícitos), pues sólo un movimiento brusco de cualquiera pondría al país a la deriva.
Cerca del 70% de los dominicanos que leen elDinero considera que la confianza en la economía es el factor más importante cuando se habla de estabilidad de precios. Y es cierto: cuando no hay certidumbre todas las variables medibles se dejan ver en los precios. De ahí la razón de ser del Banco Central: la estabilidad macroeconómica.
Aunque en República Dominicana no hemos resuelto problemas fundamentales como educación (a pesar del 4% del PIB), salud, seguridad ciudadana, bajos salarios (que todos van de la mano), la confianza en la economía es, sin quizá, la variable por la que debemos luchar para mantener. Si llegara a perderse, posiblemente, no estaría usted leyendo esta columna.





