El concepto de educación es tan amplio, indescriptiblemente abarcador, que unas pocas palabras no bastarían para dejar satisfecho el paladar del conocimiento. Sólo basta con tocar algunos de los efectos directos y simples que tiene este concepto en la sociedad cuando es asumido como filosofía cotidiana, como accionar de quienes comparten un contexto social determinado y como vehículo para lograr los mejores resultados.
Todo ser humano es un economista en potencia, pues como manda la ciencia económica, cada cual está obligado a administrar y distribuir recursos limitados entre necesidades infinitas. Un individuo educado, por ende, está en mejor posición de saber cuándo tomar las mejores decisiones para su bien y el de su familia. Y, por supuesto, si pasamos balance, es más consciente de su papel en la sociedad.
La educación cultiva la capacidad de raciocinio de los seres humanos. Veamos: Una persona educada respeta las leyes de tránsito no sólo por el régimen de consecuencias, sino porque tiene un mayor nivel de sensibilidad y conciencia respecto de las reglas generales necesarias para vivir en sociedad.
¿Cuál es el principal problema del tránsito en las ciudades dominicanas? Si el régimen de consecuencias no funciona se debe, ante todo, a que los ciudadanos encargados de aplicar y cumplir las leyes no tienen los valores que transmite la educación. La falta de respeto es consecuencia de una educación baja. Ojo: la educación no sólo se refiere a saber leer y escribir. Los hogares forman y las escuelas transforman al individuo.
La educación está entre los principales activos que tienen los países desarrollados, especialmente los nórdicos. Las economías en desarrollo, tales como China, India, Vietnam, Singapur, Taiwán, Corea del Sur, Brasil, Chile, México y Sudáfrica han logrado aumentar sus niveles de productividad gracias a la educación.
Hay naciones con inmensos recursos naturales, pero sus bajos niveles educativos sólo le permiten exportar materia prima y no productos terminados, que sí son los que tienen el valor agregado necesario para impulsar la economía.
Un ciudadano educado, incluso, tiene niveles de productividad más altos y, por vía de consecuencia, un mayor aporte al desarrollo económico de su país. Los factores clásicos o tradicionales de producción son: tierra, trabajo y capital, cada cual con sus respectivos ingresos: rentas, salarios y ganancias. Sin embargo, hoy día es obligatorio hablar de tecnología, que no es más que el desarrollo del conocimiento, el cual se consigue en individuos educados.
Un ciudadano educado, con formación en valores, tiene menos posibilidades de ser corrupto. Sin embargo, hay que reconocer que cuando alguien tiene un nivel de educación superior al promedio que le rodea, pero carece de los valores esenciales (honestidad, respeto, virtud, integridad y otros) tiene la capacidad de convertirse en el corrupto más influyente. De aquí se desprende el indescriptible valor de la educación.
En el caso de República Dominicana, entonces, tenemos una mala combinación. Hay mucha gente bien educada, con maestrías y doctorados en las universidades más prestigiosas del mundo, pero con bajísimos niveles de formación en valores que les impide ser honestos, respetuosos, virtuosos e íntegros.
Esta conducta, intachable por demás, es lo que también sirve de inspiración a los que cuyo débil nivel de educación se combina con una bajísima formación en valores. Sin embargo, en este caso estos son los que pueden calificarse como “delincuentes callejeros”, los que matan por un celular, una cartera, una motocicleta o por un par de tenis. En esta clasificación entran los que, para evitar ser delatados, degüellan a una humilde empleada de una joyería que lo único que busca es ganarse el sustento de sus hijos.
En el otro lado del escenario están los grandes delincuentes (corruptores), los que no salen a matar por un celular ni por un “quítame esta paja”, pero que sus acciones, combinadas con autoridades corruptas, son provocadoras de desigualdad social.
Crear una cultura de la transparencia cuesta. Pero hay que hacerlo. Si bien la corrupción se expresa en el policía que te detiene en la calle para preguntarte si “eres militar y portas arma de fuego”, pero con la segunda intención de “lograr la cena”, o cuando el sistema de justicia no responde a lo legal y justo, entonces estamos prohijando una cadena de acontecimientos que se convierten en el complicado entramado del que, sin querer o queriendo, participamos todos.
El corruptor, aun con educación, muestra una conducta o actitud de insaciabilidad que, incluso, llega a ser patológica si no se trata con una buena dosis de formación en valores… y consecuencia penal. Sólo la sanción provoca dolor (1) y vergüenza (2) en quien comete actos de corrupción. La primera porque no disfrutará de los bienes hurtados y, la segunda, porque la sociedad, simplemente, se encargará de vomitarlo como ingestión que provoca indigestión.










