República Dominicana tiene en el turismo una de sus principales fuentes de divisas. Justo es cuidar este sector de la economía que aportó ingresos de más de US$7,000 millones en 2017.
Cuando un potencial turista viene a visitarnos es muy probable que busque información sobre el país a través de los portales de los medios informativos. Probablemente se decida por otro destino si ve que hay un brote de malaria cerca de la capital, como sucedió recientemente.
Afortunadamente el Ministerio de Salud Pública informó que luego de trabajar, en coordinación con Obras Públicas y líderes comunitarios, puso “bajo control el brote de malaria” que se produjo en La Ciénaga, Los Alcarrizos, y en el barrio Juan Guzmán, de Manoguayabo, Santo Domingo Oeste.
Pero, ¿por qué esperar a que haya un brote para tomar las medidas preventivas que reduzcan el impacto de enfermedades como la malaria o el dengue? Hasta la semana número 35, que cubre desde enero hasta el 1 de septiembre de 2018, Salud Pública tenía registrados 294 casos de malaria, un poco menos que en igual período de 2017 cuando eran 325, incluyendo una muerte. Registra, además, 748 casos de dengue, incluyendo la muerte de una persona. El año pasado la misma semana marcaba 875 afectados y dos fallecimientos.
Se trata de cifras preocupantes que arrojan que son casos comunes, propios de nuestro clima tropical, pero que apuntan a que debemos hacer mucho más esfuerzos para reducir el impacto de estas enfermedades que afectan dos veces: enferman —y hasta matan— a ciudadanos y dañan la imagen internacional de República Dominicana.












