Para los occidentales, la llegada de un nuevo año, como lo vivimos culturalmente desde el cristianismo, es una ocasión para celebrar la vida, revisar los acontecimientos del año que dejamos atrás y proyectar una nueva etapa para el que comienza. Culturalmente, esta fecha se asocia con la esperanza de que el próximo año sea mejor. Este optimismo se refleja en frases como “año nuevo, vida nueva”, que alientan una actitud positiva frente a los desafíos.
Ojalá fuera siempre así en la práctica. Para la gran mayoría, los planes y deseos no llegan a ejecutarse, y la procrastinación devora nuestros sueños. La costumbre se impone y, con frecuencia, no tenemos la fuerza de voluntad necesaria para implementar los cambios que nuestras vidas necesitan para alcanzar un mejor desempeño.
El 2025 será un año en el que tendremos que tomar decisiones muy significativas para el futuro de nuestra nación. Nuestra “casa” necesita una remodelación y cambios reales para evitar que se derrumbe sobre nosotros, y todos debemos asumir compromisos. Los líderes, sobre todo, tienen la mayor responsabilidad, pero también necesitan que la población ponga en acción sus energías, exigiéndoles que asuman su papel con determinación.
El gobierno fue dubitativo y cobarde al no asumir la responsabilidad de la reforma fiscal. No supo reconocer sus errores en su elaboración ni aprovechar la oportunidad que el momento le ofreció para convocar a todos los sectores a un ejercicio de política pública, con el objetivo de identificar el camino que debíamos seguir frente a los retos que enfrentamos.
Las circunstancias nos obligan a planear nuestro futuro a partir del reconocimiento de nuestros errores. Continuar como si nada estuviera ocurriendo sería un grave error que pagaríamos muy caro. No debemos esperar a encontrarnos sin salida para buscar soluciones a los grandes problemas que nos acosan. Muchas personas están sufriendo, y lo peor es que no tienen ninguna salida individual, ya que se está imponiendo la tragedia de lo común, donde solo la acción colectiva puede ser la única salida a nuestros males.
Debemos realizar una planeación estratégica, tanto colectiva como personal, y cuidar paso a paso su ejecución en tiempo real, ajustándola según la práctica y nuestras posibilidades, pero sin detenernos. Tener un plan no garantiza el éxito, pero no tenerlo hace que el fracaso sea una opción inevitable. Ante estas circunstancias, es preferible intentarlo. ¡Manos a la obra! nuevo año, nueva vida.







