[dropcap]S[/dropcap]epararse de la condición natural del ser humano es imposible. Lo que vivimos durante los últimos días del Plan Nacional de Regularización de Extranjeros tocaba las fibras del más insensible de los inmortales. ¿Por qué tanta gente no pudo acceder al proceso? Hay responsabilidades compartidas.
Quedó desnudado en este intento por un implementar una política migratoria responsable, independientemente de los resultados, la cruda realidad en que viven los haitianos en RD. Se demostró con claridad meridiana que el problema es más grande de lo que parecía.
El desorden institucional en Haití quedó evidenciado y la dejadez o falta de cooperación de las autoridades de la vecina nación fue evidente. Muchos de sus connacionales se quedaron fuera por culpa de su patria.
En adición a la imposibilidad que tuvieron muchos de acceder al Plan, especialmente porque la mayoría lo dejó para última hora y hasta creían que el país no ejercería su derecho soberano, está lo penoso y chocante que resultó ver a miles de personas “pasando las mil y una” tras una documentación para evitar la deportación.
Sin duda fue desgarrador ver a madres con niños recién nacidos bajo el sol picante del mediodía, que ya habían amanecido en las filas; a hombres y jóvenes con las esperanzas en el suelo, llorando de impotencia y aguantando todo con el propósito de arreglar sus papeles. Resultó lamentable ser testigo de la indolencia de unos pocos que se aprovecharon de la desesperación de muchos.
Debemos reconocer el esfuerzo que hace el Gobierno para ponerle orden al caos migratorio. Sabemos que no sólo son haitianos que pernoctan de manera irregular en nuestro territorio y que por tal razón la ley debe llegar a todos. Los haitianos, aunque deben estar regularizados, son importantes en la economía dominicana. El Estado y parte del sector privado han sido beneficiarios de este caos migratorio.











