“El político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene; y de explicar después por qué fue que no ocurrió lo que el predijo”- Winston Churchill.
La idiosincrasia dominicana, tanto ciudadana como empresarial, es sumamente resistente a la observancia de las normas. No solamente en las calles puede verificarse con mucha facilidad el desafío a todo tipo de orden o de reglas que deberían regir nuestro multidimensional comportamiento. También cientos de empresas dominicanas muestran poco o ningún interés en la normalización de sus bienes y servicios.
Es como si existiese implícitamente el reconocimiento de que la vida social puede muy bien “organizarse” sin normas y de que las empresas pueden alcanzar el éxito en los mercados sin cumplirlas. Cientos de empresas dominicanas, especialmente las del grupo de las mipymes, no cumplen normas técnicas ni saben si existen para sus productos.
La mayoría de ellas producen con base en fichas técnicas de producto, lo cual no está mal, porque de una u otra forma estos documentos resumen las características de sus outputs fabriles o de servicios, tales como composición, distintivos físicos y técnicos, recomendaciones, modos de uso y otros datos relevantes. Al margen de que una ficha técnica no es equivalente a una norma técnica, nos enfrentamos aquí al inconveniente de que un mismo producto en la industria bien puede tener-y de hecho tiene- diferentes fichas técnicas, conforme con recursos y tecnologías de la empresa que se trate. Lo correcto sería que las fichas técnicas de productos derivaran de las normas técnicas oficiales (llamadas Nordom).
Si tenemos fichas técnicas sustantivamente diferentes en dos empresas para jabón líquido, que utilizamos para para remover la mugre y manchas en la ropa en el proceso de lavado, así como para fines de higiene personal, tendríamos dos productos con características tan diferentes como perceptibles por los usuarios. En cambio, si las dos empresas cumplen no solo con los requisitos de una misma norma nacional, en este caso con la Nordom 246 – Detergentes Líquidos: Especificaciones (1ra Rev. 2016), o con cualquier norma semejante regional o internacional, incluidos los requerimientos adicionales sobre pruebas y métodos de ensayo, tendríamos como resultado jabones líquidos en el mercado más confiables, seguros para el ambiente, operativamente comparables e intercambiables, además de poder ser certificables.
Las normas incluyen dimensiones, tolerancias, requisitos de calidad o inocuidad, referencias a mediciones, en fin, se trata de una caracterización técnica completa del producto. Son documentos resultantes del consenso multipartícipe que persiguen objetivos beneficiosos para toda la sociedad.
Empresarios y ciudadanos están permanentemente beneficiándose de las normas técnicas. Los grifos, microondas, tejidos de la ropa, vehículos de todo tipo, tarjetas de crédito, cajeros automáticos, transporte público (¿podríamos normalizar ese desorden?), equipos de diagnóstico médico, alimentos certificados, electrodomésticos, parques infantiles (la seguridad aquí es crítica y deben saberlo los ayuntamientos) y puertas y ventanas y otros cientos de productos, cumplen normas nacionales o de aceptación internacional.
Para valorar la importancia de las normas es preciso imaginar lo difícil que sería vivir en mundo sin ellas. La realidad es que nuestros ciudadanos las ignoran o no conocen la importancia de la conformidad de los productos con ellas, y cientos de empresas eligen el camino de las fichas técnicas o el de la repetición de prácticas heredadas de los abuelos. En este sentido, ciertos hallazgos relativos a las pymes son realmente sorprendentes. Ni siquiera conocen a estas alturas la infraestructura de la calidad o sistema nacional de la calidad (Sidocal) y sus servicios técnicos. ¿Dónde debemos apuntar para difundir una cultura del cumplimiento de normas técnicas?





