“Las empresas dominicanas siguen llorando en soledad la falta de un Sancho que aliente y apoye las ambiciones y locuras del Quijote de la innovación” -el autor.
Recién estamos a punto de salir de una experiencia de consultoría que, entre sus muchas bondades y aleccionadores hallazgos, nos retorna inevitablemente al tema de la innovación empresarial. Nos convence de que se trata no solo de un tema recurrente y machacado en los discursos promisorios de nuestras cúpulas empresariales, sino que es también del interés supremo de cientos de empresas.
Lo es no porque haya intención de apoyar la retórica sobre una capacidad competitiva “en crecimiento” de la que en definitiva carecemos. Estamos ante el entendimiento de un hecho vital: sin una infraestructura nacional real de producción de conocimientos útiles, eficiente, coordinada, que cuente en los hechos con el apoyo político y empresarial, resultaría imposible cambiar el rezagado modelo productivo prevaleciente del país.
El hecho es que la positiva actitud innovadora de decenas de empresas que, en muchos casos se traduce en productos o procesos nuevos o mejorados que llegan al mercado, choca con la casi absoluta ausencia de los apoyos del llamado Sistema Nacional de Competitividad y Desarrollo Tecnológico (SNIDT). A juzgar por los hallazgos de nuestro diagnóstico integral a una cadena de valor que no estoy autorizado a mencionar, este sistema es una entelequia más de las muchas que se crean en el país para guardar las apariencias y acompañar de mala manera ciertas transformaciones mundiales.
Creado mediante decreto en 2007, el SNIDT hace cualquier otra cosa menos articular de manera funcional la red de instituciones (académicas, públicas, privadas e internacionales) y las políticas para fomentar la innovación y el desarrollo tecnológico aplicado. Al nivel sectorial, que es mucho decir, no cumple con su misión de impulsar la integración de las cadenas de valor, desde la innovación hasta la producción y comercialización.
Mientras, en el nivel político, se formulan y reformulan estrategias orientadas a fortalecer “la competitividad sistémica” del aparato productivo nacional, el SNIDT no aparece jugando su rol, es decir, interviniendo – de manera dinámica y creativa- en la producción, difusión y uso del conocimiento útil. En este mismo sector público intervienen varias instituciones, de manera aislada y siempre en busca de protagonismo pasajero (una enfermedad infantil del Estado), con la declarada intención de apoyar la innovación.
¡Un contexto nacional subjetivamente favorable!
Sí, tenemos un sistema nacional de innovación armado, muchas instituciones gastando dinero en “emprendedurismo” e innovación, impartiendo múltiples capacitaciones y ofreciendo asistencias técnicas del más variado linaje. Sin embargo, las empresas siguen llorando en soledad la falta de un Sancho que aliente y apoye las ambiciones y locuras del Quijote de la innovación. En gran medida, de esos dos elementos están hechos los mayores y más notables avances en esta materia: de ambiciones y locuras, aunque también de una determinada y a veces sorprendente dosis de aversión al riesgo.
Que el noventa por ciento de las empresas de un sector afirme que han desarrollado productos nuevos o modificados, que muchos de ellos llegaron al mercado y gozaron de su aceptación, y, lo que es más importante, que sobrecumplieron sus expectativas primarias respecto a ese esfuerzo que entienden como innovación, y que al mismo tiempo digan que no conocen el SNIDT ni al Indocal (¿son posibles las innovaciones sin normas técnicas y mediciones confiables?) realmente es para quedar perplejos.
¿Qué hacer? ¿Cuáles son los elementos de una conducta política y empresarial que realmente encauce la voluntad productiva innovadora nacional por los caminos y vericuetos correctos? ¿Cómo desprenderse de la cultura prevaleciente donde todos quieren hacer lo mismo para al final mostrar cifras y gráficos?











