Se atribuye a Thomas Jefferson, tercer presidente de Estados Unidos de América, la frase de “el futuro, al igual que la estabilidad, no es algo que se pueda dar, se tiene que construir”.
Esta expresión es propicia para reiterar que la estabilidad económica, política y social de un país tiene mucho más valor que los puentes y carreteras que se puedan edificar, pues esta es la fuente de la inversión privada, la garantía de atraer inversión extranjera directa, el atractivo para la expansión del turismo y el germen que fomenta el crecimiento económico y la creación de empleos en cualquier país.
Pero, para sustentar aún más lo dicho anteriormente, veamos algunos casos de la región latinoamericana que, hoy en día, experimentan situaciones de inestabilidad en diferentes órdenes.
Argentina, por ejemplo, con varios años viviendo una crisis política con efectos económicos negativos, acaba de elegir en las primarias de ese país a Javier Milei, un candidato presidencial con ideas libertarias, pero cuyo triunfo ha disparado la inflación en ese país, pues este ha planteado una serie de propuestas que van en la dirección de dolarizar la económica, privatizar las empresas del Estado, dinamitar el Banco Central Argentino y permitir la compraventa de armas y órganos humanos (BBC, 2023).
Es obvio que la estabilidad en ese país, a partir de las expectativas que se ciernen de ganar Milei las elecciones presidenciales que se celebrarán próximamente, sigue siendo una quimera.
El caso del Ecuador es todavía más complejo y difícil, pues su proceso electoral ha sido manchado por la muerte a tiros de Fernando Villavicencio, un candidato presidencial con posibilidades de ganar las elecciones pero que, su discurso de combatir del narcotráfico, las bandas criminales y el crimen organizado, condujo a que estos grupos se ensañaran con su vida.
Igual ha pasado posteriormente con otros candidatos a cargos electivos en ese país, lo que indica que su estabilidad política, con los consecuentes efectos económicos, forma parte de lo que el viento se llevó.
Crucemos ahora a Nicaragua, país cuya situación actual se caracteriza por “falta de empleo, alta inflación, lacerante pobreza, todo como consecuencia de las decisiones políticas de la pareja presidencial” (Olivares, 2023), así como de los desafíos estructurales que viene enfrentando esa nación desde hace algunos años. De su lado, Venezuela, un país en conflicto político desde la asunción al poder de su actual mandatario, vio contraer su producto interno bruto en un 75.5% en el período 2014-2020, acumulando una inflación de 115% en lo que va de 2023 y, bajo ese esquema, lo que menos existe en esa patria de Bolívar es estabilidad. Y si seguimos, podríamos dar un paseo por Bolivia, Perú, Cuba, Haití, entre otros, y se verá que la falta de estabilidad económica o política o social, es un factor común entre esos países.
En el caso de República Dominicana, nación que viene disfrutando de una envidiable estabilidad macroeconómica, con crecimiento sostenido de su PIB durante los últimos 50 años, con un sistema de partidos que, con sus sabidas deficiencias, funciona, y una estabilidad social lograda en base al diálogo y la búsqueda de consenso entre los sectores representativos, es evidente que algo hemos hecho bien a nivel político y en el orden económico.
De hecho, enfrentamos con éxito la pandemia del covid-19 y la guerra entre Rusia y Ucrania, en tanto que el Banco Central ha mantenido a raya a la inflación. Bajo este escenario, es obvio que una reelección presidencial del actual mandatario del país podría garantizar el mantenimiento de la estabilidad de marras, entendiendo también que habrá efectos positivos para la economía y los agentes económicos. Y esto no es una premonición ni una línea política, es mirarse en el espejo de sus iguales en la región latinoamericana.








