Se le atribuye a Sir Winston Leonard Spencer Churchill (Winston Churchill), político, militar, escritor y primer ministro de Inglaterra en el período 1940-1945, haber modificado el contenido de un importante discurso que ofrecería ante una gran cantidad de periodistas en la BBC de Londres, poco después de entablar una breve conversación con el taxista que lo trasladó hacia el lugar establecido para el discurso de marras.
Al Winston Churchill pedirle al chófer que lo esperara unos minutos y, obviamente, sin este reconocer al estadista británico, se negó a lo solicitado, pues debía ir a su casa para ver por televisión la tan esperada alocución de Sir Churchill. Sin embargo, Churchill le ofreció un billete de diez libras esterlinas, una fortuna en aquella época, para que el taxista accediera a su pedimento.
Con evidente asombro y emoción, el chófer accedió a lo que el primer ministro le había solicitado, afirmando, además, que lo esperaría el tiempo que fuera necesario, y que el discurso del tal Churchill se fuera al infierno.
Frente a esa actitud del automovilista, el legendario estadista británico reflexionó sobre la excesiva importancia que se le estaba dando al dinero en donde, según él, “los principios se han modificado por el dinero, las naciones se han vendido por el dinero, el honor se ha vendido por dinero, los hermanos se venden por dinero, las almas se venden por el dinero. ¿Quién le dio tanto poder al dinero e hizo de la gente sus esclavos?”.
Aunque pudiera quedarse solo en lo anecdótico, lo cierto es que la transformación del dinero en un símbolo de poder, de éxito, y hasta de felicidad, lo convierte en un semidiós, con vida propia, que quien lo posee parece también transformarse en una cosa superior a todo.
Pero ocurre que, por otro lado, tenemos la historia del hombre rico que se jacta de su abundante cosecha en Lucas 12, en donde se plantea una interesante interrogante: ¿son malos el éxito y la fortuna? A seguidas, San Agustín, siguiendo a San Pablo, afirma que el problema de ese hombre rico, aparentemente exitoso, no es el dinero, sino el amor por el dinero que, automáticamente, lo convierte en su esclavo, tal y como lo afirmara Winston Churchill. Y de ahí es que, se dice, que el dinero es la raíz de todos los males.
Desde sus orígenes, el dinero, en sus diferentes formas y expresiones, sirvió para el intercambio, para facilitar las transacciones, el trueque, y su importancia estaba dada por lo que representaba en la compraventa de mercancías.
Con el surgimiento y expansión del capitalismo por todo el mundo, el dinero adquiere una connotación mayor, ya que se convierte en el medio circulante por excelencia, pero también en una vía de atesoramiento y creación de riqueza y fortuna. Y, más allá de las reflexiones de Marx sobre el origen de la riqueza en el capitalismo, lo cierto es que la posesión de medios de producción y el trabajo eran un común denominador para tener mayor o menor cantidad de dinero acumulado.
Sin embargo, se ha llegado a un punto en donde, parecería, que vive un Dios dentro del dinero; por eso, se mata por dinero, se roba por dinero, se miente por dinero, se especula con el dinero, se crean asociaciones de malhechores, en alianza público-privada, para sacar dinero del erario, se trafica, se prostituye, se crean partidos y movimientos políticos y se buscan todas las formas, habidas y por haber, para tener la mayor cantidad de dinero.
Entonces, se inicia la idolatría, la adoración por el dinero, la avaricia. Y así, perdemos el control, mientras el vacío espiritual y existencial se hace más grande, y llegamos a ser tan pobres, que solo tenemos, lamentablemente, dinero.











