El cierre de negocios propiedad de chinos ha despertado comentarios tales como “eso ya se sabía”, “¿Por qué no lo habían hecho antes?” y “debieron haberlo hecho hace mucho tiempo”. Lo cierto es que muy probablemente muchos sabían de que algo no andaba bien con (y no anda) con algunos establecimientos cuyos propietarios son chinos. Todo era cuestión de tiempo.
De esto hay varias lecciones. La primera es cortar a tiempo cualquier mal que saque la cabeza. La comunidad china ha crecido y contribuye con la generación de empleos, pero con características de informalidad.
Otro punto a considerar es que no cortar a tiempo un mal genera presiones en diversas áreas de la economía, obligando al Estado a hacerse de la vista gorda hasta tanto los poderes fácticos entienden que ya es hora de frenarlo. Mientras eran pica pollos y restaurantes, no pasaba nada. ¿Plazas? Ahora sí hay problemas.






