Cuando Saira Isaac dice que trabaja en ciberseguridad, la reacción es casi siempre la misma: sorpresa. “Una mujer…”, repiten algunos, con un gesto de asombro e incredulidad. No importa que lleve más de una década en el sector ni que haya ocupado roles de liderazgo en equipos técnicos. Todavía tiene que dar explicación.
Su trayectoria comenzó en 2009, impulsada por un comentario de un profesor que vio potencial en ella. Desde entonces, ha seguido un camino que combina formación técnica, experiencia laboral y actualización constante. Se formó en el Instituto Tecnológico de Las Américas (ITLA), completó sus estudios en la Universidad Iberoamericana (Unibe), cursó una maestría en Ciberseguridad en Madrid y ha sumado certificaciones internacionales. Hoy, además de dirigir, enseña.

Imparte docencia en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (Unphu), donde comparte su experiencia en asignaturas como Desarrollo Seguro y Auditoría. “Lo que más me gusta del rol docente es poder dar herramientas que funcionen para desarrollar las funciones correspondientes en el área”, señala.
En el aula, la disparidad de género es evidente. Saira indica que la mayoría de sus estudiantes son hombres, aunque insiste en que el rendimiento no depende del género. “He tenido la oportunidad de contar con estudiantes muy buenos y dedicados sin importar el género”. Lo que sí se percibe, y asegura que trabaja para cambiar, es la percepción de que la ciberseguridad es “para hombres”.
Asegura que ver a chicas en el aula estudiando tecnología y apostando por un mejor futuro la motiva aún más: “La verdad es que las chicas aportamos mucho valor”, señala.
A nivel profesional, su trabajo le ha abierto puertas. Ha estado en equipos de respuesta ante incidentes, ha colaborado con comunidades internacionales, y ha ocupado posiciones gerenciales. Asegura que el verdadero valor de su trabajo está en el aporte que hace a la sociedad: “Desde mi rol puedo aportar a una mejor calidad de vida para los usuarios”, indica.
Aún así, subraya que los retos no han sido menores. En más de una ocasión ha tenido que esforzarse el doble para que se reconozca su autoridad técnica. “Han pasado situaciones en las que, por ser mujer, tienes que dar unas millas más para que te escuchen o ponerte de pie para que sepan que estás”, afirma. Por eso, insiste en enseñar, formar y visibilizar.
A su entender, no sólo se trata de la falta de acceso y referencias, sino que es un tema de crear las posibilidades. “Hoy día existen muchos programas e informaciones para todos, pero es importante identificar un círculo de apoyo para lograr cada una de las metas no solo en la ciberseguridad. Todos somos suficientes cuando hacemos las cosas con el corazón”, dice como consejo para quienes aún dudan de si encajan o no.
La historia de Saira, aunque inspiradora, es una excepción a la regla. Su camino no ha sido allanado por un sistema que promueve la equidad, sino a fuerza de esfuerzo personal. Mientras tanto, sólo el 22% de los estudiantes matriculados en carreras TIC en República Dominicana son mujeres, según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Esto ocurre en un entorno donde el 54% de los empleadores afirma tener dificultades para encontrar talento técnico calificado. Pese a trayectorias como la de Saira, muchas dominicanas siguen fuera del radar laboral tecnológico.
Una brecha que recorre el mundo
Aunque Saira logró construir una carrera en el área de ciberseguridad, un campo con creciente demanda, alto potencial salarial y escasa presencia femenina, su trayectoria aún representa la excepción en un panorama dominado por desigualdades de acceso, formación y oportunidades.
A nivel global, las transformaciones tecnológicas están reconfigurando el empleo. Según el Foro Económico Mundial (FEM), en su Informe sobre el futuro del empleo 2025, se estima que de aquí a 2030 se crearán 170 millones de nuevos empleos, en su mayoría vinculados a la inteligencia artificial, los datos, la ciberseguridad y otras áreas tecnológicas.
Sin embargo, señala que el 63% de los empleadores a nivel global identifica la falta de preparación técnica y profesional de los trabajadores como el principal obstáculo para adaptarse a estos cambios. El informe advierte que alrededor del 40% de las capacidades requeridas para los empleos actuales deberán transformarse.
En este contexto, la educación STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, siglas en inglés) se ha convertido en un punto neurálgico para acceder a estos nuevos empleos. No obstante, la participación de las mujeres en estos campos aún está lejos de la equidad.
En América Latina y el Caribe, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el 41% de los graduados en disciplinas STEM son mujeres, y aunque esta cifra es superior al promedio mundial (38%) y al de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que es de 37%, este avance educativo no ha tenido el mismo impacto en el mercado laboral, donde solo 3 de cada 10 empleados del sector de Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en la región son mujeres.
De igual forma, el documento “Las mujeres en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas en América Latina y el Caribe“, realizado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) Mujeres y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), establece que las TIC y la ingeniería continúan siendo las áreas más masculinizadas, con una participación femenina promedio de sólo un 27% y 28%, respectivamente.
En República Dominicana, el Ministerio de la Mujer puntualiza que las brechas en formación técnica, digital y financiera obstaculizan el acceso de las mujeres a sectores estratégicos de alto valor agregado y mejor remuneración. Así como la violencia y el acoso en espacios laborales, que también actúan como factores de exclusión.
A pesar de los avances educativos, la inserción laboral en sectores tecnológicos continúa siendo limitada. Persisten barreras culturales y estructurales que restringen la participación de las mujeres en los segmentos más dinámicos de la economía digital.
La formación, aunque necesaria, no ha sido suficiente para garantizar acceso equitativo a estos espacios.
¿Por qué las mujeres no llegan a “tech”?
El artículo “Sesgos codificados: la subrepresentación de las mujeres en STEM”, del PNUD, establece que las razones por las que las mujeres no llegan a ocupar posiciones relacionadas a la tecnología son múltiples. Entre esas: estereotipos de género, falta de modelos femeninos visibles, baja confianza en matemáticas y ciencias durante la adolescencia, y condiciones laborales poco compatibles con la vida familiar.
Desde la perspectiva del sistema educativo dominicano, las cifras globales y regionales encuentran un paralelismo con la realidad local. En el país, aunque las mujeres representan el 52.6% de las matrículas en el primer año de pregrado universitario, su participación en carreras STEM es solo del 20.8%. Así señala Enrique Darwin Caraballo, director ejecutivo de Acción Empresarial por la Educación (Educa).
Caraballo indica que esta baja representación está relacionada con factores estructurales y culturales que comienzan a influir desde las primeras etapas del desarrollo educativo.
Dentro de las barreras culturales, señala la estereotipación de género que asocian las carreras tecnológicas con los hombres. “Un estudio de la Universidad de Washington demostró que las niñas mostraban más interés en informática cuando el entorno de aprendizaje no estaba estereotipado como profesiones ocupadas por varones”, explica.
Establece, además, la existencia de una barrera estructural importante: de las pruebas diagnósticas aplicadas regularmente por el Ministerio de Educación, menos del 5% de los estudiantes (ambos sexos) que finaliza la educación primaria alcanza un nivel satisfactorio en matemáticas. A esto le suma que el 92% de los alumnos evaluados en las pruebas PISA quedan por debajo del nivel 1, lo que, en sus palabras, “hipoteca la capacidad del país” para formar profesionales preparados en ciencia y tecnología.
También, Caraballo destaca que los entornos educativos y familiar no siempre contribuyen a revertir los sesgos de género que alejan a las niñas de estas disciplinas. Resaltando que la percepción de estos puede influir en las decisiones de las mujeres, limitando su exposición y confianza en áreas tecnológicas.
La percepción de que la tecnología es un mundo masculino también se reproduce en los espacios de educación técnica superior. Gary Ruiz, vicerrector de Extensión y Desarrollo Social del Instituto Tecnológico de Las Américas (ITLA), sostiene que existe cierta resistencia por parte de las chicas para incursionar en estudios de tecnología debido a la concepción social de que es para hombres.

“Aunque ha habido un aumento en los últimos años en la participación de las mujeres en estas áreas, especialmente en Desarrollo de “Software”, la presencia femenina en estas carreras del centro aún está por debajo del 30% (entre un 24% y 26%)”, explica.
A estos estigmas culturales se suman factores estructurales que afectan con mayor fuerza a las mujeres en condiciones de vulnerabilidad.
Ruiz explica que, aunque ITLA ofrece las mismas condiciones de acceso para hombres y mujeres, hay limitantes que impactan de forma diferenciada. Entre ellas, menciona la carga de roles tradicionales sobre todo en edades tempranas, como la maternidad, y situaciones de desventaja social que afectan su desarrollo educativo.

Por otro lado, la socióloga María Altagracia Mendoza señala que los obstáculos comienzan en el hogar.
“Desde la niñez, los regalos y los roles que asignamos condicionan a niños. Mientras a los varones se les ofrecen juguetes para armar o explorar, a las niñas se les entrega muñecas, asociándose con el cuidado”. Afirma que este patrón cultural tiene consecuencias directas sobre las aspiraciones futuras: “las niñas crecen creyendo que no son buenas en matemáticas, y que lo suyo es cuidar, enseñar o acompañar”, explica.
También advierte que es necesario sensibilizar a las mujeres adultas para que cambien su visión sobre su propio potencial en áreas técnicas. Ese cambio de perspectiva puede llegar incluso en medio de la vida profesional, como el caso de América Jiménez, quien, pese a no tener formación académica en tecnología, terminó liderando equipos técnicos en una empresa multinacional.
Con estudios en Negocios Internacionales y una maestría en Administración de Empresas, Jiménez llegó al mundo de la tecnología por necesidad y determinación.
Señala que, al recibir el puesto para dirigir el equipo de gestión de servicios tecnológicos, se sintió perdida por no tener los conocimientos necesarios para desempeñar su rol. “Era otro mundo para mí porque, aunque tenía conocimientos en servicios, esto estaba enfocado a la gestión de sistemas tecnológicos, así que preguntaba mucho”, indica.
Explica que la necesidad de ser competente en su trabajo la llevó a capacitarse. “Tuve que estudiar mucho, leer, entender las herramientas que estaba utilizando. Sentía la necesidad de volverme más competente, porque todo el entorno era masculino. Era la única mujer en mi departamento”.
A fuerza de disciplina, destaca que obtuvo certificaciones como ITIL (Biblioteca de Infraestructura de Tecnologías de Información, siglas en inglés) y se desempeñó como líder del centro de servicios, en contacto directo con otros líderes especialistas a nivel global.
Durante su trayectoria, Jiménez detalla que enfrentó no solo los retos técnicos, sino también cuestionamientos por parte de colegas que, según relata, parecían dudar más de su trabajo por ser mujer.
“Cuestionaban de más, como si dudaran de que fuera capaz de hacer un buen trabajo. Cosa que no ocurría con los integrantes hombres del equipo. No era la empresa en sí, porque me llevaba bien con la mayoría de mis colegas, pero en algunos como que estaba esa cultura que todavía se resiste a ver a las mujeres ganar lugar en ciertos espacios”, afirma.

Explica que le resultó difícil, pero para lidiar con la situación recurrió a un proceso de “coaching” gerencial y seguir adelante de la manera más profesional. “No quería jugar el papel de víctima, porque cuando haces ese papel pierdes tu rol de protagonista, y pienso que es importante llevar las riendas de tus propios sueños”.
La experiencia de Jiménez muestra que la transformación no solo empieza desde la infancia, sino también cuando una mujer adulta decide creer en su capacidad para asumir espacios técnicos. “Esto no tiene que ver con género, sino con preparación y determinación. Las barreras reales muchas veces están en la cabeza. Por eso hay que superarse a una misma primero”, concluye.
“Cuestionaban de más, como si dudaran de que fuera capaz de hacer un buen trabajo. Cosa que no ocurría con los integrantes hombres del equipo’’.
Tecnología, ingresos y pobreza
La exclusión de las mujeres de los sectores tecnológicos no es solo una cuestión de representación. Las consecuencias económicas de esa ausencia pueden contribuir a lo que organismos internacionales han denominado la feminización de la pobreza: la concentración desproporcionada de mujeres en situaciones de vulnerabilidad económica.
Desde la experiencia profesional, Saira Isaac lo explica con claridad. Trabajar en ciberseguridad le ha permitido alcanzar una posición gerencial y un nivel de ingresos poco común entre las mujeres dominicanas. Según estimaciones que comparte desde su propia trayectoria, una persona en ese campo puede empezar ganando entre RD$50,000 y RD$60,000 mensuales, y alcanzar cifras de entre RD$150,000 y RD$200,000 en cargos de mayor responsabilidad, dependiendo la posición y el área.
Para el director de Educa, el sistema educativo está desaprovechando una oportunidad estratégica al no fomentar activamente la inclusión de mujeres en el sector tecnológico. “Las carreras en tecnología ofrecen salarios competitivos y oportunidades de crecimiento, y por la falta de interesados en estas áreas, sean hombres o mujeres, República Dominicana verá limitado su potencial de desarrollo”, afirma.

“Al no fomentar activamente la inclusión de mujeres en el sector tecnológico, el sistema educativo dominicano pierde una oportunidad significativa para combatir la pobreza”.
Enrique Darwin Caraballo, director ejecutivo de EDUCA
Asimismo, la socióloga Mendoza coincide en que la relación entre tecnología y condiciones de vida no puede subestimarse. “Generar capital humano es una pieza clave”, asegura. Para ella, el acceso a mejores capacidades técnicas, en sectores que el mercado demanda, es uno de los factores más concretos para reducir la pobreza femenina.
Aunque reconoce que la pobreza tiene múltiples causas, entre ellas la educación, la violencia y la situación del hogar, considera que tener mejores capacidades y competencias para entrar en áreas demandadas por el mercado laboral permite acceder a mejores ingresos, y por lo tanto, tener mejores condiciones.
Esta relación también ha sido respaldada por evidencia oficial. Según el informe “Feminización de la pobreza en República Dominicana: Probabilidad de transición y trampas de la pobreza”, del Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo, las mujeres tienen mayor probabilidad de permanecer en situación de pobreza en comparación con los hombres, incluso con igual nivel de experiencia laboral.
El estudio estima que, si se eliminara la discriminación salarial por sexo, 759,545 personas podrían salir de la pobreza. Además, se calcula que esta brecha tiene un costo estimado de RD$78,308 millones anuales, equivalente al 1.72% del producto interno bruto (PIB) nacional.
STEM con M de Mujer
Superar la brecha de género en tecnología va más allá de una meta deseable: es una necesidad estratégica. Para lograrlo, se requieren acciones concretas desde la educación, las políticas públicas y el sector privado.
A nivel educativo, el titular de Educa considera que el cambio debe empezar en las primeras etapas del sistema escolar. “La educación en STEM desde la etapa básica es crucial para desarrollar habilidades analíticas y de resolución de problemas en las niñas. Una exposición temprana a estas disciplinas puede aumentar su interés y confianza, preparándolas para carreras tecnológicas en el futuro”, afirma.
También señala que es fundamental implementar campañas de sensibilización que involucren a familias, docentes y comunidades para desafiar los estereotipos de género.
En cuanto al sector privado, resalta que este puede contribuir a cerrar esta brecha mediante la creación de programas de mentoría, becas, ambientes inclusivos y procesos de selección libres de sesgos basándose en las habilidades y trayectorias académicas de los candidatos. “Analizar hojas de vida sin datos de género contribuiría a seleccionar en función de las habilidades, méritos y trayectorias académicas y labores sin que el sexo de la persona genere un sesgo en la selección“, detalla.
Asimismo, explica que se requieren políticas públicas que, con el propósito de romper las barreras culturales y obstáculos estructurales, promuevan oportunidades basadas en el mérito, acompañadas de campañas que visibilicen el potencial de las carreras STEM y los casos de éxito de mujeres en ciencia y tecnología, sensibilizando tanto a familias como a estudiantes desde la educación técnica hasta la universitaria.
Desde la educación técnica, el ITLA ha impulsado acciones concretas para disminuir la brecha de género en el acceso a carreras tecnológicas. Ruiz destaca el programa de becas “Mujeres en las TIC’s”, diseñado exclusivamente para incentivar la participación femenina en un sector históricamente masculinizado.
Pero más allá de esto, Ruiz aboga por una transformación estructural del sistema educativo dominicano. Considera urgente integrar mecanismos de orientación vocacional desde la secundaria, no solo para las mujeres, sino para toda la población estudiantil. “Debemos revisar la pertinencia de los programas académicos que ofrecemos, orientando un poco más a las áreas tecnológicas que están siendo muy demandadas”, sostiene.
En cuanto a esto, subraya que la demanda de talento en tecnología es tal, que las empresas compiten por perfiles egresados que muchas veces ya se encuentran empleados. Por ello, insiste en que la clave está en promover las carreras tecnológicas como una opción viable y estimulante para las jóvenes, rompiendo con los estigmas de género y mostrando que se trata de un campo donde las mujeres tienen igual capacidad de destacar. “Que tomen el riesgo y el atrevimiento de conocer y aprender”, dice Ruiz.
Por su parte, la socióloga Mendoza va más allá de las aulas. Considera que las soluciones deben comenzar en el hogar. Desde su perspectiva, es necesario desarticular las prácticas y roles tradicionales que siguen restringiendo el horizonte vocacional de las niñas. “Hay que enseñarles a las niñas que pueden ser buenas en matemáticas, independientemente del género“, establece.
Además, subraya la importancia de actuar también en etapas posteriores con mujeres adultas. Entiende favorecedor aplicar medidas como las cuotas o la discriminación positiva (que busca corregir las desigualdades históricas y sociales que han afectado a grupos marginados) para romper con el desequilibrio actual, ya que, en sus palabras, la equidad no ocurrirá de forma espontánea.
Aboga por acciones deliberadas que incluyan la transformación de los espacios laborales y educativos en entornos inclusivos y orientados a la equidad.
Desde la política pública, el Ministerio de la Mujer ha realizado alianzas para reducir la brecha digital de género. Entre esas, con el Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (INDOTEL), con quien se ha acordado un convenio de colaboración orientado a cumplir el eje “Tecnologías Digitales para la Autonomía de las Mujeres” del Plan Nacional de Igualdad y Equidad de Género (Planeg III).
Este acuerdo contempla acciones conjuntas para facilitar el acceso de las mujeres a herramientas tecnológicas, promover su participación en campos STEM y utilizar la tecnología como aliada en la prevención de la violencia de género.
Además, la institución promueve el Sello Igualando RD, una herramienta diseñada para transversalizar el enfoque de igualdad en los espacios laborales, tanto públicos como privados. Esta iniciativa busca garantizar condiciones equitativas y libres de discriminación, fomentando entornos de trabajo donde mujeres y hombres accedan por igual a oportunidades de desarrollo, productividad e innovación.












