[dropcap]C[/dropcap]on resonado espanto y sorpresa, intelectuales, organizaciones educativas y medios de comunicación, han recibido los deplorables resultados que la Prueba PISA arroja para República Dominicana, como si no estuviéramos conscientes de los fallos que, históricamente, hemos tenido en el sector educativo.
El hecho de que nuestros estudiantes tengan dificultades veladas para la lectoescritura, y de que no avancen en el aprendizaje de las matemáticas, no es un secreto ni algo que nos conduzca a rasgarse las vestiduras.
Décadas con bajo nivel de inversión en la educación, retrasos considerables en la formación docente, y una pobre infraestructura escolar, no son indicadores que conduzcan a tener mejores resultados que los presentados por el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
Ahora bien, quedar en último lugar en una evaluación internacional comparativa, con un rendimiento medio de 332 puntos en ciencias, de una media general de 493, no es un chiste que haga ninguna gracia.
Tampoco es una gracia que estemos 224 puntos por debajo del país mejor valorado que es Singapur, que alcanzó 556. Preocupación debería generar el hecho de que RD alcanzara 338 puntos en lectura, muy lejos del promedio de 493 puntos.
Por igual, el rendimiento promedio de 328 puntos que alcanzaron los estudiantes dominicanos en matemáticas no puede tratarse solo como un dato, ni menos el indicador que refleja que 70.7% de nuestros alumnos tuvo bajo rendimiento en las tres asignaturas mencionadas.
Pero, como dice el dominicano, después del palo dao, nadie lo quita, y lo que debemos ahora es mirar al futuro y aceptar el reto que PISA nos ha establecido. Sabemos que el Gobierno realiza su mejor esfuerzo en materia educativa, por lo que se espera que el aumento en la inversión repercuta en un mejoramiento en el desempeño escolar en el mediano y largo plazo y, obviamente, en las variables que sirven de comparación a nivel internacional.
Sería útil, por igual, hacer conciencia de que los objetivos educativos no pueden ser solo del Gobierno, sino también de las familias y de la sociedad como un todo, pues la medición de PISA enfoca al país, no a un agente económico en particular. Mirarlo de otra manera constituiría un sesgo maldito que no contribuiría en nada a lograr tales objetivos.









