Se fue la tormenta Melissa dejándonos bien mojados y preocupados por sus secuelas. Pero más allá de los daños visibles, su paso deja claras las intenciones del clima: está respondiendo a nuestra inconsciencia y falta de racionalidad en el manejo de los recursos naturales.
Hemos sido mezquinos ante sus señales, ignorando los avisos mientras extraemos y modificamos los designios de millones de años de equilibrio. No entendemos que sus respuestas serán tan determinantes y complejas que, cuando lleguen con toda su fuerza, no tendremos oportunidad de evitar los perjuicios que nosotros provocamos.
Lo peor es que lo sabemos, pero vivimos de espaldas a la realidad. No hacemos hoy lo necesario para aliviar el futuro ni aprendemos de lo que el pasado nos ha enseñado. Esa irracionalidad será la factura más costosa de nuestra irresponsabilidad. ¿Qué estamos haciendo para remediar las circunstancias que tenemos? La tragedia de lo común nos alcanzará: a los más pobres primero, también a los poderosos, cuya debilidad radica en su avaricia y afán de lucro.
Todo esto es consecuencia de la falta de educación y conciencia social, y de la mediocridad de nuestros políticos. Mientras más ignorante es un pueblo, más fácil resulta someterlo, explotarlo y engañarlo. Se despilfarran los presupuestos sin control, se protege a los dueños del capital y se entregan migajas al pueblo para mantenerlo tranquilo, anestesiado, sin que reclame lo que realmente le pertenece.
En lo que respecta al sector asegurador, vengo insistiendo en que el Gobierno debe contemplar la adquisición de seguros paramétricos desde un enfoque social, para auxiliar a las comunidades más vulnerables y a los productores agrícolas. Si el Estado no tiene reservas suficientes para responder a las emergencias, lo más lógico sería contar con instrumentos financieros que permitan compensar las pérdidas ante fenómenos cada vez más frecuentes y destructivos.
También sería conveniente que las asociaciones de productores regionales analicen la posibilidad de adquirir este tipo de coberturas, o que exijan al Gobierno -a través del Ministerio de Agricultura y la Digera- un mecanismo de protección que evite la ruina total de sectores enteros, como los productores de banano en el sur y otras zonas agrícolas golpeadas por inundaciones y vientos devastadores.
Mientras tanto, los gobiernos siguen dilapidando recursos en proyectos de bajo impacto, pero de alto rendimiento populista: obras que crean la ilusión de progreso sin resolver los problemas de fondo. Así se ganan simpatías y votos, mientras se posterga la planificación seria que exige la realidad climática y social del país.







