Antes de la existencia del concepto moderno de jubilación, en la antigua Roma y durante la Edad Media, se desarrolló un mecanismo conocido como préstamo vitalicio. Este permitía a una persona recibir un pago periódico a cambio de transferir sus bienes o derechos a otra persona después de su muerte.
Los préstamos vitalicios ofrecían pros y contras para ambas partes: el prestatario obtenía dinero inmediato para satisfacer sus necesidades, pero renunciaba al control de sus propiedades o derechos; mientras que el prestamista, por otro lado, podía asegurarse una futura herencia, pero tenía que esperar hasta la muerte del prestatario y asumir el riesgo de que este viviera mucho tiempo o que sus bienes perdieran valor.
Estos préstamos son el origen de las rentas vitalicias, un tipo de seguro actual que proporciona un ingreso periódico hasta la muerte del asegurado.
Paralelo a eso, en la antigua Roma se practicaba la jubilación de los soldados luego de varios años de oficio. Esto sentó las bases para las pensiones que conocemos hoy en día.
La palabra jubilación deriva del latín “jubilare”, que significa gritar de alegría. Simboliza la etapa en la que una persona ha terminado su ciclo de trabajo. Esta costumbre tiene sus raíces en el Imperio Romano, que otorgaba a sus soldados un terreno y un equivalente monetario a 12 años de salario si habían servido más de 25 años. Se establecían ciudades para alojar a los veteranos jubilados, como Emérita Augusta (actual Mérida) o Valentia (Valencia). Además, los romanos tenían la Ley de la Cigüeña (Lex cionaria), que obligaba a los hijos a cuidar de sus padres o antepasados mayores.
La esperanza de vida de los romanos variaba en función de su estatus social, género y época. Si lograban sobrevivir a la infancia, los hombres podían alcanzar hasta los 40 o 50 años. La de una mujer rara vez superaba los 30 años, debido a los riesgos asociados al parto. Los soldados que se jubilaban después de 25 años de servicio podían esperar vivir unos 12 años más, mientras que los más desfavorecidos sufrían de enfermedades, hambre y violencia, lo que reducía su esperanza de vida a unos 30 años.
Los miembros de la clase senatorial o los emperadores podían vivir más tiempo, gracias a su riqueza, su dieta y su acceso a la medicina. Por ejemplo, el emperador Augusto murió a los 75 años, y el filósofo Marco Aurelio a los 58.
La cantidad de pensiones variaba según el rango y el tipo de servicio militar prestado. Al término del reinado de Augusto, los jubilados recibían una pensión de 12,000 a 20,000 sestercios. Los soldados podían optar por recibir su pensión en forma de tierra o dinero, que representaba aproximadamente 12 años de salario.
Existen varios métodos y estimaciones para determinar el valor actual de un sestercio romano. Sin embargo, es un desafío porque esta aproximación depende de factores, como inflación, poder adquisitivo, tipo de cambio y el costo de vida.
Para este ejercicio, utilizaremos un método que se basa en el valor del oro como referencia, ya que es un metal que ha conservado su valor a lo largo del tiempo. Con este análisis, la jubilación de un soldado romano era de unos US$576,000 a US$960,000, según sus rangos, como pago único al finalizar sus servicios. Sin embargo, estos cálculos son aproximados y no reflejan el verdadero poder adquisitivo de los soldados romanos jubilados.
El sistema de pensiones de los romanos, a pesar de su utilidad, se fue deteriorando con el tiempo debido a la crisis económica y política. Este sistema se mantuvo hasta el siglo III d.C., momento en el que el imperio entró en crisis y sufrió escasez de recursos. En un intento por manejar la situación, algunos emperadores intentaron prolongar el servicio militar o reducir el monto de las pensiones. Pero estas medidas sólo provocaron descontento y rebeliones entre los soldados. Con la caída del imperio, el sistema de pensiones de los romanos fue desapareciendo y no tuvo una influencia directa en los sistemas de pensiones posteriores.
La Tontina
Tras la Guerra de los 30 años, Francia necesitaba reunir fondos para su recuperación económica. En este contexto, Lorenzo de Tonti, un banquero de Nápoles, propuso el sistema “tontina” como solución a esta necesidad. Aunque no se sabe con certeza cuál fue el instrumento económico que inspiró a Lorenzo, se especula que pudo haberse basado en otros sistemas financieros de su tiempo, como los anuncios perpetuos o los préstamos vitalicios.
La tontina, una especie de seguro de vida del siglo XVII, implicaba que varias personas contribuían con una suma de dinero que luego se invertía. Tenía una fecha de caducidad y, al llegar ésta, los inversores que habían sobrevivido hasta ese momento recibían los dividendos. Cada vez que uno de los socios moría, su contribución se distribuía entre los supervivientes restantes. Este proceso continuaba hasta que solo quedaba una persona viva, quién se quedaba con todo el capital.
El sistema de la tontina no surgió de una demanda popular; fue una propuesta personal de Tonti al cardenal Mazarino, primer ministro de Francia en ese momento. No era una necesidad, sino una oportunidad, ya que el Estado francés buscaba ingresos alternativos para cubrir sus gastos y deudas. Sin embargo, la propuesta de Tonti no fue aceptada de inmediato, sino que tuvo que esperar varios años hasta que se implementó por primera vez en Francia.
La tontina pasó de ser un sistema de financiación pública a uno de ahorro privado. Se utilizó en muchos países a lo largo, aunque su popularidad ha disminuido con el tiempo. Hoy en día, las tontinas son comunes en Francia. Además, las tontinas pueden ser emitidas por aseguradoras europeas.
La regulación pan-europea de pensiones aprobada por la Comisión Europea en 2019 también contiene disposiciones que permiten específicamente ofrecer productos de pensiones que se adhieran al “principio de la tontina” en los 27 estados miembros de la UE.
El sistema de Tonti fue el precursor de las pensiones de jubilación, ya que proporcionaba una renta vitalicia a los inversores. Sin embargo, el sistema también tuvo problemas, como el fraude, la corrupción, el asesinato y la falta de transparencia. Por eso, el sistema de Tonti fue prohibido en muchos países y fue sustituido por otros sistemas de seguridad social más modernos y justos.
Sistema de Bismarck
El primer sistema de seguridad social que proporcionó pensiones de jubilación para todos los trabajadores fue establecido por el canciller alemán Otto von Bismarck en 1881, en Prusia. Su objetivo era fomentar el bienestar de los trabajadores y prevenir un levantamiento social que pudiera exigir medidas más socialistas. Antes de su implementación, no había un sistema formal de seguridad social para los trabajadores.
El sistema de Otto era de reparto, donde los trabajadores activos financiaban las pensiones de los jubilados. No establecía una edad de retiro fija, pero el promedio era 70 años. La tasa de reemplazo, que es lo que se recibe como pensión, era del 70%. Un hecho interesante es que la esperanza de vida en esa época erad de 40 años, destacando su impracticabilidad, ya que muy pocos alcanzaban disfrutar de los beneficios.
El sistema de pensiones de Bismarck se considera un hito en la historia de la seguridad social y ha sido un modelo para muchos sistemas de pensiones en todo el mundo. Sin embargo, su expansión a otros países no fue inmediata, se extendió durante varias décadas e influido por una variedad de factores, como la presión de los sindicatos, la necesidad de proteger a los trabajadores de la pobreza en la vejez y la influencia de los movimientos socialistas.
Después de la Primera Guerra Mundial, en 1919, se creó la Organización Internacional del Trabajo (OIT), encargada de los asuntos relacionados con las relaciones laborales. En 1948, la Organización de Naciones Unidas (ONU) adoptó la Declaración Universal de Derechos Humanos, cuyos artículos 22 y 23 establecen el “derecho a la seguridad social”.
Es así como llegamos al sistema de pensiones que tenemos hoy. De sus orígenes, intenciones y transcurso, podemos entender cuál ha sido la evolución y, por consecuencia, analizar cuál podría ser el futuro, tomando en cuenta que, en el caso local, es de capitalización individual, no de reparto.










