En cada evento social, celebraciones, aniversarios etc. donde los dominicanos interactuamos, se hace evidente con mayor fuerza, la incapacidad que tenemos para respetar a los demás. Pocos cumplen con su deber, pero todos reclaman un derecho que transgrede los derechos de los demás, lo que está provocando cada vez mayores y peores conflictos, obstruyendo la fluidez social, para mantener la paz y los objetivos deseados.
En el debate sobre el desarrollo de los países, solemos enfocarnos en variables visibles: crecimiento económico, inversión extranjera, infraestructura o recursos naturales. Sin embargo, hay un factor menos tangible, pero determinante: la disciplina. No la disciplina entendida como imposición autoritaria, sino como la capacidad colectiva de cumplir normas, respetar acuerdos y sostener en el tiempo un proyecto común.
El profesor Juan Bosch, con su claridad pedagógica, insistía en que los pueblos no avanzan por azar ni por milagros, sino por la formación de una conciencia social organizada. Para Bosch, la disciplina era parte esencial de la construcción de ciudadanía: una sociedad donde cada uno entiende su rol y lo cumple, donde las leyes no son sugerencias, sino reglas de convivencia.
Disciplina e institucionalidad: la base del progreso
Acemoglu y Robinson plantean en su libro porqué fracasan los países, no por falta de recursos culturales o geografía, sino por la naturaleza de sus instituciones.
En términos simples, los autores distinguen dos tipos de instituciones: 1. Instituciones inclusivas (las que generan desarrollo). Son aquellas que protegen la propiedad privada, garantizan el Estado de derecho, promueven la participación amplia en la economía y la política e incentivan la innovación y el esfuerzo.
Estas instituciones permiten que la mayoría de la población tenga oportunidades reales. Por eso, países con instituciones inclusivas tienden a crecer de forma sostenida.
2. Instituciones extractivas (las que producen pobreza). Son aquellas que concentran el poder en una élite, excluyen a la mayoría de las oportunidades, manipulan las reglas para beneficio de unos pocos, y además, desincentivan la inversión y la innovación.
Aquí, la riqueza se “extrae” de la mayoría para beneficiar a una minoría. El resultado: estancamiento, desigualdad y crisis recurrentes.
La disciplina se traduce, en términos concretos, en instituciones fuertes. Cuando las normas se cumplen -desde el pago de impuestos hasta el respeto a los contratos- se genera confianza. Y la confianza es el activo más importante de una economía moderna.
Los países que han logrado desarrollarse de manera sostenida lo han hecho, en gran medida, sobre esa base. Ahí están los ejemplos de Japón, después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, Japón apostó por la disciplina colectiva: puntualidad extrema, respeto por el trabajo y mejora continua (kaizen). Hoy es una de las economías más avanzadas del mundo.
Alemania, reconocida por su orden institucional y cultura de cumplimiento, Alemania ha construido una economía sólida basada en calidad industrial, educación técnica y responsabilidad fiscal. Singapur, un caso emblemático: disciplina social estricta, leyes firmes y cero tolerancias a la corrupción. En pocas décadas pasó de ser un puerto pobre a un centro financiero global, donde la disciplina social e institucional no es una excepción, sino la norma. En estas sociedades, el cumplimiento del deber no depende de la vigilancia constante, sino de una cultura arraigada.
El costo de la indisciplina
En contraste, en buena parte de América Latina -y la República Dominicana no es la excepción- persiste una cultura de la improvisación. Las leyes existen, pero se aplican de manera selectiva; los planes se anuncian, pero rara vez se ejecutan con continuidad; las instituciones se debilitan por la falta de coherencia entre el discurso y la práctica. No contamos con supervisión ni control, pero tampoco consecuencia para desincentivar las violaciones y la corrupción.
Esta indisciplina tiene un costo alto y acumulativo: irrespeto a los derechos de los demás, incentivo a las violaciones por los beneficios sin consecuencias, reduce la inversión, porque genera incertidumbre, deteriora los servicios públicos, por la falta de seguimiento y control, alimenta la desigualdad, al premiar al que incumple sobre el que respeta las reglas y baja productividad en las tareas cotidianas, tanto de los servicios públicos e industriales.
Bosch advertía que sin una base ética y disciplinaria, la democracia corre el riesgo de convertirse en un ejercicio vacío, donde las normas existen solo en el papel y no en la vida real.
Disciplina no es sinónimo de autoritarismo
Uno de los errores más comunes es confundir disciplina con mano dura. No son lo mismo. La disciplina auténtica nace de la educación, del ejemplo y de la convicción colectiva, no del miedo. Los países más disciplinados no son necesariamente los más represivos, sino aquellos donde la ciudadanía ha internalizado el valor del orden y la responsabilidad.
Pero también, para una sociedad mantener los cánones, la disciplina, requiere que existan las consecuencias que trae violar las leyes, las reglas, para someter con sanciones a los indisciplinados que corrompen las normas que deben regir para lograr la paz y el desarrollo continuo. De otra manera estamos afectando a los mejores elementos para favorecer las malas costumbres.
El desarrollo, en última instancia, es un proyecto cultural. No basta con reformar leyes o diseñar políticas públicas si no se transforma la conducta cotidiana. La disciplina comienza en lo simple: respetar un semáforo, cumplir un horario, hacer bien el trabajo, exigir y practicar la transparencia.
Como enseñaba Juan Bosch, los pueblos se construyen desde la conciencia. Y esa conciencia se traduce en hábitos. Sin disciplina, no hay continuidad; sin continuidad, no hay desarrollo.
Nuestros políticos dan poca importancia al conocimiento y aplicación de la constitución, que establece claramente en en Título II, sobre los derechos, garantías y deberes fundamentales, que van a regular, normalizar el comportamiento social conveniente para el mantenimiento de la paz y el desarrollo social. De la misma forma se comportan cuando administran el Estado, lo que nos está condenando a vivir en el caos insoportable e insostenible, que tenemos en nuestras calles.
En conclusión
La pregunta no es si tenemos los recursos para desarrollarnos. La pregunta es si tenemos la disciplina para hacerlo.
Porque al final, el progreso no depende únicamente de lo que un país tiene, sino de lo que es capaz de sostener en el tiempo. Y en esa tarea silenciosa, cotidiana y muchas veces invisible, la organización y disciplina sigue siendo el cimiento más sólido sobre el cual se levanta una nación.
Nuestros líderes, políticos, religiosos y empresariales deben ponerle más énfasis y realismo a la organización y disciplina, para detener el deterioro que llevamos. Ellos son quienes se quedarán sin recursos humanos para seguir teniendo vigencia y proyectos que impulsar. Nuestras calles pueden seguir siendo escenario de campo de batalla, dominado por el desorden dirigido por los peores elementos sociales, que hacen de la suya sin consecuencias.
Las leyes están ahí, y son suficientemente buenas para imponer el orden y la disciplina. Solo falta coraje, valor para conquistar el imperio de la ley y el orden, antes que aparezca un mesías que nos lo imponga a sangre y fuego. Manos a la obra, hacer lo correcto bien hecho.










