Las condiciones asociadas al fenómeno de El Niño podrían contribuir a reducir la actividad ciclónica en el océano Atlántico durante la temporada de huracanes de 2026, aunque ello no elimina el riesgo de que una sola tormenta genere pérdidas económicas significativas, advirtió Jeff Waters, director de Modelos de Huracanes del Atlántico Norte de Moody’s.
El especialista explicó que, desde la perspectiva meteorológica, El Niño favorece un aumento de la cizalladura del viento, fenómeno caracterizado por cambios en la velocidad y dirección de los vientos a diferentes alturas de la atmósfera.
Ese comportamiento dificulta tanto la formación como el fortalecimiento de ciclones tropicales, ya que impide que las tormentas mantengan una estructura organizada durante períodos prolongados. “Las condiciones de El Niño tienden a suprimir la actividad ciclónica en el Atlántico debido al aumento de la cizalladura del viento”, señaló Waters.
Según recordó, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) confirmó oficialmente en junio de 2026 la transición hacia condiciones de El Niño, escenario que, de acuerdo con las proyecciones actuales, continuará fortaleciéndose hasta septiembre, mes que históricamente representa el pico de la temporada de huracanes en el Atlántico.
No obstante, el experto enfatizó que la intensidad de una temporada ciclónica no depende exclusivamente de El Niño. Explicó que existen múltiples variables atmosféricas y oceánicas que también condicionan el desarrollo de los huracanes, entre ellas la temperatura de la superficie del mar, los patrones de circulación atmosférica en niveles medios y altos, la presencia de la denominada Capa de Aire Sahariano, que transporta aire seco desde África hacia el Atlántico, y la posición de la Oscilación Madden-Julian, un sistema de actividad tropical que se desplaza continuamente alrededor del planeta.
En consecuencia, una temporada considerada promedio o incluso inferior al promedio no garantiza la ausencia de eventos extremos. Waters recordó que basta un solo huracán para provocar daños materiales de gran magnitud, especialmente en regiones altamente expuestas.
Desde la óptica del mercado asegurador, el especialista advirtió que la vulnerabilidad continúa aumentando debido al crecimiento urbano registrado en las zonas costeras y metropolitanas propensas a huracanes, principalmente en Estados Unidos.
A ello se suma que los costos de los materiales de construcción permanecen por encima de sus promedios históricos, lo que incrementa el valor potencial de las pérdidas aseguradas cuando ocurre un desastre natural. Por esa razón, sostuvo que tanto aseguradoras como reaseguradoras deben mantener una evaluación permanente de su exposición al riesgo durante toda la temporada ciclónica.
Waters indicó que una adecuada gestión del riesgo comienza con información actualizada sobre las propiedades aseguradas, incluyendo la revisión de las valuaciones de los inmuebles y de características específicas que influyen en su vulnerabilidad frente a un huracán.
Entre esos elementos mencionó la antigüedad y el tipo de cubierta de los techos, factores determinantes frente a los daños ocasionados por el viento, así como la altura del primer nivel de las edificaciones, una variable clave para estimar los riesgos asociados a marejadas ciclónicas e inundaciones costeras. Asimismo, destacó la importancia de utilizar modelos de catástrofes que permitan cuantificar escenarios de pérdidas, evaluar incertidumbres y analizar la sensibilidad de los portafolios asegurados frente a distintos eventos meteorológicos.
Para Moody’s, aunque las condiciones de El Niño apuntan hacia una temporada potencialmente menos activa, la preparación y la gestión del riesgo continúan siendo determinantes, ya que la exposición económica sigue creciendo y un único ciclón de gran intensidad puede generar pérdidas significativas para propietarios, aseguradoras y reaseguradoras.












