En República Dominicana, a pesar de que somos una de las naciones de mayor crecimiento, mantenemos una baja penetración de seguros, con apenas menos del 2% del producto interno bruto (PIB) en primas, cuando el promedio de América ronda el 3%.
Dentro del total que pagamos en seguros, el riesgo de automóviles representa una de las mayores proporciones de las primas. Esto significa que las coberturas de incendio y líneas aliadas, tan necesarias en el tema que venimos tratando, muestran la debilidad del mercado en la protección de la estructura productiva del país. Esa debilidad es aún mayor en los sectores más vulnerables, como las mipymes, a pesar de que aportan alrededor del 60% del empleo y el 32% del PIB.
Esta debilidad muestra la ausencia de una estrategia integral, tanto de los organismos del Estado como del propio sector asegurador. Y ese es el punto de quiebre: es por donde debemos comenzar a poner atención y acción para lograr cambios.
No es solo de diseñar mejores productos para las poblaciones vulnerables; es también reconocer que la resiliencia de esas personas depende, en buena medida, de la resiliencia de los sistemas naturales que sostienen sus medios de vida. Difícilmente podamos hablar de inclusión financiera si ignoramos aquello que hace posible la producción, así como los conflictos y dificultades que impiden su desarrollo, además de las leyes y reglas incongruentes a las que muchas veces son sometidas.
Una pequeña empresa no puede competir en un mercado con costos de financiamiento tan altos como los nuestros si, además, debe pagar el ITBIS por adelantado, la seguridad social y otros impuestos, mientras los pagos del Gobierno y de las grandes empresas pueden tardar más de 90 días y, en algunos casos, hasta 180 días. Bajo estas condiciones, el riesgo de quebrar puede ser más urgente que los propios riesgos de la naturaleza, sobre todo si también debe asumir por adelantado el costo de las primas, como establece la legislación de seguros.
Una nueva visión y la innovación seguirán siendo fundamentales, ya sea mediante herramientas digitales, inteligencia artificial, seguros paramétricos o nuevos modelos de distribución. Pero ninguna innovación tecnológica podrá sustituir la necesidad de comprender mejor las relaciones entre economía, sociedad y naturaleza. De esto debemos ocuparnos cuanto antes.
Para nosotros, en República Dominicana, esta perspectiva resulta especialmente relevante. Nuestra economía depende considerablemente del turismo, la agricultura, el agua, las costas, la pesca y los ecosistemas terrestres y marinos. La degradación de manglares, arrecifes coralinos, bosques, cuencas hidrográficas y otros ecosistemas no representa solamente una pérdida ambiental: puede traducirse en mayores daños frente a fenómenos naturales, pérdidas agrícolas, deterioro del turismo, problemas de abastecimiento de agua y mayores costos para el Estado, las empresas y las familias.
Esto ya lo hemos venido experimentando con las inundaciones, las sequías y determinadas enfermedades asociadas a cambios en las condiciones ambientales, sin que todavía tengamos planes estratégicos suficientemente claros para enfrentarlos. Y es precisamente ahí donde debemos involucrarnos todos.
La doctora Gómez plantea que reconocer la necesidad de que el sector asegurador se involucre en la solución de problemas que van más allá del diseño de pólizas no implica abandonar la esencia del seguro. Por el contrario, significa volver a sus orígenes. Antes de convertirse en una industria, el seguro nació como un mecanismo de cooperación, cuando las personas comprendieron que existían pérdidas demasiado grandes para afrontarlas individualmente y decidieron compartir el riesgo.
Ahora nos encontramos ante una situación mucho más compleja. Ya no se trata solamente de enfrentar individualmente una pérdida, sino de reconocer que los riesgos que enfrentamos están relacionados con ecosistemas de los que todos dependemos y cuya conservación también requiere de la voluntad y la acción colectiva.
Todos dependemos de los ecosistemas. Y si los destruimos, si no tomamos las medidas pertinentes, como advierte la preocupación planteada en el World Biodiversity Forum 2026, ellos terminarán pasándonos factura. Mientras más tardemos en actuar, mayores serán los costos y los sacrificios.
Debemos entender que ya no estamos frente a variables exclusivamente económicas o financieras.
Cada vez más, nuestra estabilidad económica y social depende de la salud de los ecosistemas y de la estabilidad y sostenibilidad del clima.










