“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
José Ortega y Gasset.
Cuando un estudiante cruza el umbral del aula y toma asiento frente al profesor, puede que solo esté allí físicamente. Muchas veces lleva consigo hambre, enfermedad, inseguridad, conflictos familiares o ansiedad. Pero sería un error creer que toda vulnerabilidad pertenece a los pobres. El hijo del empresario o del profesional exitoso puede disponer de comodidades y, sin embargo, crecer entre ausencias afectivas, falta de límites, soledad o dependencia tecnológica.
No existen estudiantes ajenos a alguna forma de vulnerabilidad; existen vulnerabilidades diferentes. Mi experiencia como profesor universitario, donde también afloran fragilidades familiares y sociales, me enseñó que algunas nacen de la carencia material y otras se esconden detrás del confort.
La escuela recibe diariamente todo ese mundo y comprenderlo no significa convertirla en consultorio social, sino reconocer que enseñar también exige crear condiciones para que el alumno pueda estar verdaderamente presente.
En estos tiempos debemos agregar una poderosa pedagogía paralela que no se imparte en las aulas, pero “educa” durante horas mediante pantallas, redes, música y espectáculo. Esos portentosos medios convierten la visibilidad en reconocimiento, la notoriedad en mérito, la violencia y la hipersexualización en entretenimiento, y la exhibición del dinero o de seguidores en demostración de éxito.
Ante fenómenos como Alofoke, la escuela también debe ayudar a distinguir entre lo verdaderamente valioso y aquello que simplemente ha logrado hacerse visible, pero carece de los valores que enaltecen, consolidan y dignifican la condición humana.
Aquí aparece la idea del ecosistema del bienestar estudiantil. No consiste en acumular programas alrededor de la escuela, sino en comprender que alimentación, salud, utilería, apoyo social, familia, comunidad y cultura influyen sobre la capacidad de aprender. Una deficiencia visual puede impedir leer; una mala alimentación reduce la concentración; la falta de zapatos avergonzar o causar ausentismo, y un ambiente familiar deteriorado echar por tierra el esfuerzo pedagógico. Ese es el poder de las circunstancias que Ortega y Gasset expresó en sus Meditaciones del Quijote.
En junio de 2023, el sociólogo Juan Miguel Pérez presentó al Inabie una propuesta técnica sobre el Ecosistema de Bienestar Estudiantil y Comunitario. Como coordinador entendí que su gran mérito consistía en colocar al estudiante en el centro y romper con la lógica de prestaciones aisladas. La verdadera unidad de análisis no es la cantidad de raciones, lentes o kits entregados, sino el estudiante y el impacto conjunto sobre su asistencia, permanencia, salud y aprendizaje.
Le planteamos al director que el INABIE ocupaba una posición excepcional para impulsar esa visión y que no se trata de sustituir al Ministerio de Educación, Salud Pública, gobiernos locales, familias o comunidades, sino de conectar capacidades y responsabilidades alrededor de necesidades concretas. Puntualizamos que para ello se necesita una ruta verificable: convocatoria de grupos de interés dentro y fuera del Estado, diagnóstico, intervención o referencia, seguimiento, resultado e impacto.
Es perentorio conocer, más allá de la detección de una necesidad, si ella fue atendida y qué cambió en la vida del estudiante. De lo contrario, la interoperabilidad puede reducirse a un diálogo entre bases de datos que nunca alcanza la realidad.
La continuidad es indispensable porque una jornada de salud aislada, una entrega tardía o una campaña sin seguimiento pueden producir fotografías y engrosar estadísticas, pero difícilmente consolidan una política pública. Por ejemplo, el diagnóstico visual debe conducir a los lentes y a una revisión posterior; la evaluación nutricional, al menú escolar y a la orientación familiar. Debemos asegurar desde el principio compromiso, presupuesto, responsables, indicadores, seguimiento y evaluación.
El maestro no puede resolver dentro del aula todo cuanto la pobreza, la enfermedad, la fragmentación familiar y la banalización cultural producen fuera de ella. Pero evitemos entender que el ecosistema sustituye la pedagogía; el hecho es que la rodea de las condiciones humanas, materiales, sociales y culturales que necesita para cumplir su cometido.






