La inteligencia artificial (IA) ya entró a las aulas dominicanas. Según PISA 2025, la mitad de nuestros estudiantes de 15 años dice utilizar IA para aprender al menos una vez por semana.
Al mismo tiempo, apenas 9% alcanza el nivel básico de competencia en matemáticas, en lectura lo logra el 23% y en ciencias, el 26%.
Ese contraste plantea una pregunta de fondo: más allá de cuántas personas podamos capacitar en IA, ¿estamos desarrollando las capacidades necesarias para aprovecharla?
La pregunta cobra especial relevancia en un momento en que el país acelera su apuesta por estas tecnologías. Recientemente se anunció AWS Entrena RD, con 50,000 capacitaciones gratuitas en IA y computación en la nube antes de 2028, y poco después se presentó RD Inteligente, con la meta de capacitar a un millón de dominicanos. Ambas son iniciativas valiosas. Pero el acceso a la tecnología no sustituye las capacidades fundamentales sobre las que debe construirse su uso. Cuanto más sofisticadas se vuelven estas herramientas, más importante resulta contar con criterio para utilizarlas bien.
Aprovechar la IA exige comprender lo que se lee, formular buenas preguntas, reconocer cuándo una respuesta es incorrecta, distinguir evidencia de afirmaciones plausibles y convertir información en decisiones. Sin esas bases, corremos el riesgo de ampliar el acceso a herramientas cada vez más sofisticadas sin ampliar, en la misma proporción, nuestra capacidad para utilizarlas productivamente. La IA no sustituye las capacidades fundamentales; aumenta el valor de tenerlas. Puede producir respuestas, pero el criterio para evaluarlas sigue siendo humano.
Y esa discusión trasciende las aulas: también es una cuestión de productividad. La promesa de la inteligencia artificial no está en cuántas personas completan un curso, sino en cuánto mejora su capacidad para producir, innovar y tomar mejores decisiones.
Por eso, el éxito no debería medirse únicamente por el número de personas capacitadas. La pregunta es otra: ¿qué pueden hacer mejor después de la capacitación? ¿Cuántas empresas incorporan estas herramientas a sus procesos? ¿Cuánto aumenta su productividad? ¿Se traduce esa adopción en mejores empleos y salarios?
El Consejo Nacional de Educación analizará próximamente los resultados de PISA 2025 y sus implicaciones para el sistema. Sería un error responder simplemente incorporando más tecnología al currículo. La conversación debe empezar antes: qué capacidades fundamentales queremos garantizar y cómo aseguramos que cada estudiante las desarrolle.
La próxima brecha digital quizá no sea entre quienes tienen acceso a la inteligencia artificial y quienes no. Será entre quienes sepan utilizarla para pensar mejor, producir más y tomar mejores decisiones, y quienes simplemente sepan pedirle respuestas.








