“Para vivir hacen falta ante todo comida, bebida, vivienda, ropa y algunas cosas más”.- Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana.
Cuando llegamos al INABIE, en noviembre de 2021, comenzamos a advertir que la alimentación escolar se observaba con una lógica de cobertura. Pronto comprendimos que este programa intervenía en una cadena mucho más amplia en la que se entrecruzan pobreza, nutrición, salud, asistencia, aprendizaje y oportunidades futuras.
Es de sentido común que una familia pobre que recibe diariamente alimentos para sus hijos no solo reduce una parte de sus gastos; también recibe una forma concreta de protección social que puede aliviar restricciones económicas y ayudar a impedir que la precariedad termine expulsando al estudiante de la escuela. Desde esa perspectiva, si bien una ración posee un valor nutricional inmediato, también puede producir efectos redistributivos, educativos y sociales.
Ese efecto comenzó incluso a reflejarse en mediciones oficiales. En 2024, hallazgos del MEPyD divulgados por el propio INABIE atribuyeron a las transferencias en especie de alimentación y utilería escolar una reducción de dos puntos porcentuales en la pobreza monetaria. Obviamente, este impacto no resuelve sus causas estructurales, pero confirma que el PAE trasciende ampliamente los muros de la escuela.
La pobreza convive, en general, con una alimentación insuficiente o inadecuada, mientras que la malnutrición puede afectar la atención, la memoria y otras capacidades necesarias para aprender. Estas limitaciones contribuyen a ampliar brechas educativas y, con el tiempo, pueden traducirse en bajo rendimiento, ausentismo, repitencia o abandono escolar. La pobreza material puede convertirse en pobreza educativa y reproducirse en la siguiente generación.
Por eso alimentar nunca debe significar simplemente llenar el estómago, lo mismo que comer no siempre equivale a nutrirse. El desafío consiste en ofrecer alimentos inocuos, equilibrados y relacionados con las necesidades reales de la población escolar.
De ahí la importancia que en el período 2022-2025 la dirección del Inabie atribuyó al fortalecimiento del componente nutricional del PAE y a la idea de avanzar hacia un Plan Nutricional Integral, capaz de reunir diagnóstico, alimentación, educación nutricional, salud, participación familiar, seguimiento y evaluación. Como paso inicial, se revisaron fichas técnicas, se redujeron contenidos excesivos de grasa, azúcar y sodio, se eliminaron productos de elevada carga azucarada, se introdujeron alternativas lácteas con mejores características nutricionales y comenzaron a incorporarse frutas frescas.
La dirección no perdió de vista que tan importante como diseñar una buena dieta es comprobar que el estudiante la acepte. ¿Acaso no es alta la probabilidad de que el valor nutricional de un alimento concebido en una oficina puede perder eficacia y terminar en el zafacón? Por ello se escucharon y estudiaron hábitos y preferencias sin permitir que prácticas malsanas terminaran gobernando la política pública. Este importante asunto también exige involucrar a las familias en la medida en que la cultura alimentaria aprendida en el hogar puede reforzar o contradecir diariamente lo que la escuela procura construir.
Lo mismo ocurre con la evaluación. Es necesario medir cobertura, calidad, oportunidad, equidad e impacto. Una política madura debe preguntarse qué cambió en la salud nutricional y que pasó con la asistencia, la permanencia escolar y las condiciones para aprender. Siempre mantuvimos que la evaluación no puede convertirse en el epitafio estadístico de una política ya ejecutada; debe servir para corregirla, mejorarla o hasta sustituirla cuando la realidad lo demande.
Sin duda, también los proveedores forman parte de esta responsabilidad, pero, reiteramos que, si bien la alimentación escolar moviliza empresas, empleos y mipymes, esos beneficios deben permanecer subordinados al bien mayor. No debemos concebir la ración como una mercancía cualquiera ya que realmente es un componente material de un derecho y una inversión en capacidades humanas todavía en formación.
La nutrición de un estudiante pertenece al presente, pero sus consecuencias alcanzan inevitablemente el futuro. Por eso el PAE es protección social, inversión humana y una de las herramientas más concretas de que dispone el Estado para evitar que la pobreza de hoy termine convirtiéndose en la pobreza educativa de mañana.






