Un país sin electricidad, como se dice popularmente, “no va para parte”. ¿Cuántos años tiene el sector eléctrico generando titulares de desaliento? Quizá pasan de las cinco décadas. ¿Por qué? Por la irresponsabilidad de quienes han tenido la oportunidad de tomar decisiones.
No es un secreto que el clientelismo político, paternalismo y la falta de institucionalidad han sido copartícipes del desorden que acusa a este sector tan importante. Luego de pasar por las décadas de los 70, 80 y 90, con el inicio de un nuevo período, el que marcó la capitalización, se renovaron las esperanzas. Pero todo se ha desvanecido.
Hoy tenemos un sector eléctrico, en lo que compete a la comercialización de la energía, envuelto en un déficit histórico que sobrecarga las finanzas públicas. Parece que es el karma que pagamos por no haber tomado las decisiones adecuadas en el momento justo, o sea, causa y efecto de la irresponsabilidad de nuestros dirigentes políticos.
Lo cierto es que las distribuidoras de electricidad, para citar un caso, han tenido administradores políticos, mas no dolientes o gerentes financieros que entiendan el papel que les ha tocado jugar en la historia del Estado dominicano. No hay forma de determinar si quienes llegan a dirigir una de estas empresas entran con buenas intenciones y luego el sistema de cosas que impera los contamina y no hacen más que “hacerse de la vista gorda”. En algunos casos hacen allantes de avances que luego se echan al olvido.
Un ejemplo es la incorporación de circuitos B y C a 24 horas, o sea, clasificación A. ¿Qué sucede? En muchos casos, por el nivel de pérdidas, no califican para recibir electricidad continua. Sin embargo, cuando se acercan los períodos de elecciones no se sabe cómo es que entran en la tómbola (o sí se sabe).
Si verdaderamente aspiramos a un tener un país donde haya igualdad de oportunidades, más allá de la retórica barata y politiquera, debemos enfocarnos en dos o tres sectores fundamentales. Por supuesto, el sector eléctrico debe estar en primera fila.










