La verdad hay que decirla: desde siempre, y acentuado con la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, los dominicanos son presidencialistas. ¿Qué significa? Que piden la intervención del Presidente de la República para todo, hasta para “cualquier quítame esta paja”.
Esta forma de ver la administración pública, de la mayoría de los dominicanos, quizá tiene que ver con diversos factores o variables, pero hay dos que sobresalen: el déficit histórico (acumulado) en educación, que no permite al ciudadano tomar decisiones por sí solo, y un aspecto cultural relacionado con que “aquí el que resuelve es el Presidente”.
Ya se sabe que la educación es una variable transversal en toda actividad humana tendente a lograr el desarrollo. Habría que hacerse una pregunta: ¿Cómo es posible que hasta para resolver un problema sanitario o de asfaltado de una calle la gente pida la intervención del Presidente? Esta actitud, inconscientemente promotora del culto a la personalidad y del caudillismo distorsionado, sólo se cura con educación.
Hasta que los ciudadanos, sin importar la clase social o económica a la que pertenezcan, entiendan que el poder radica en su decisión y que los políticos van y vienen, faltarán algunos años luz para poner las ruedas sobre los rieles del desarrollo.





