[dropcap]E[/dropcap]l Dr. Luis Solís, director del Programa de Innovación del Instituto de Empresa de Madrid, España, afirma que la innovación se ha convertido, más que todo, en un tema “sexy” que llama la atención pero que, en la práctica, no es tanto lo que se está haciendo en esta materia, sobre todo desde el punto de vista de las empresas.
Pero, ¿qué tan fácil es innovar, invertir en investigación y desarrollo, introducir cambios en una organización, producir nuevos y mejores productos y servicios en la empresa? Las respuestas no son tan evidentes y, en muchos casos, pueden ser difusas como el propio concepto de la innovación.
En esencia, la innovación nace de lo que ya existe, de procurar mejoras en la manera en que se diseñan los productos y servicios, no necesariamente en inventar algo nuevo ni realizar profundas transformaciones en el proceso.
Según lo planteado por Clayton (1997) en su libro “The innovators dilema”, la innovación puede venir de algún bien o servicio que inicialmente se observó como algo residual pero que, por su carácter novedoso e innovador, llega a ser líder de un nicho de mercado o de todo el mercado.
Facebook y Uber pueden ser dos buenos ejemplos de nuevos modelos de negocio, pues irrumpieron en el mercado con aspiraciones limitadas, y hoy todos ya conocen la influencia de estas aplicaciones para la vida del ciudadano mundial. De ahí que la innovación se convierte en una necesidad que va más allá del querer hacer.
Los mercados se mueven a una velocidad nunca antes conocida, en tanto aparecen consumidores invisibles que son cada vez más exigentes, ejerciendo presión con su capacidad de compra y sus expectativas de respuestas.
En esas circunstancias, las empresas están obligadas a ejercitar la innovación disruptiva, que rompa paradigmas e impulse la diferenciación evolutiva en mercados estancados, que se caracterizan por una oferta carente de novedad.
Sin embargo, conviene decir que la innovación no es un proceso fácil ni de costo marginal cero.
Por el contrario, implica un esfuerzo particular por parte de las empresas, pues, en algunos casos, se requiere de inversión en investigación y desarrollo de nuevos productos que conduzcan a transformaciones en el modo de hacer las cosas.
Por eso se recomienda echarle una mirada al modelo Triple Hélice (Etzkowitz y Leydesdorff, 1998), que parte de la necesidad de fortalecer las relaciones entre universidad-empresa-Gobierno para posibilitar la innovación competitiva.
Pero sobre esto, volveremos la próxima semana.










