“Acepto el fraude en el precio, pero nunca en la calidad” –Thomás Fuller.
Una empresa puede ser competitiva si el cumplimiento de requisitos o el compromiso de hacerlo bien desde la primera vez (la calidad no es un costo) es parte fundamental de su función productiva. Esta noción de la competitividad –una de las más extendidas- abarca productos, procesos, pruebas y ensayos, sistemas, instalaciones y capital humano.
En adición, la calidad, como sistema de interrelaciones entre mediciones, normas, reglamentos, pruebas, ensayos y certificaciones (cadena técnica MNPC), está pensada para crear un marco de confianza. Como señala el doctor Antonio Moreno Calvo del Comité de Metrología de la Asociación Española para la Calidad (AEC), “…la calidad es fundamental en el ámbito de las relaciones comerciales, pues a nadie se le ocurre comprar piezas a alguien del que duda que las fabrique bien”.
Pero la competitividad no solo es función de la calidad, entendida en su acepción sistémica anterior. Ella viene determinada por las prácticas productivas, organizacionales y de gestión de las empresas. No obstante, en el desarrollo de ventajas competitivas -valor o atributo exclusivo que otorga superioridad en los mercados- la calidad ocupa un lugar preponderante por tener un marcado carácter transversal.
En efecto, hoy sería muy difícil alcanzar las metas de competitividad interna (máximo rendimiento de los recursos) y externa (cumplimiento de los objetivos de mercado o sectoriales) sin actuaciones concretas en las mencionadas dimensiones de la calidad.
Deberíamos reconocer entonces que la orientación al entorno, la actitud estratégica, el esfuerzo innovador y el compromiso con la calidad representan inevitables pilares del éxito empresarial, esto, sin distinción de rubro o tamaño.
En el caso de las mipymes, que sabemos conforman un fenómeno diverso, singular y masivo, el tema de mejorar y mantener una ventaja competitiva es cuestión de ser o no ser. Sabemos que sus capacidades competitivas vienen determinadas por factores internos y, entre ellos, la calidad es, digamos, hegemónica. Impacta sensiblemente la rentabilidad (permite incrementos marginales de los precios y de las cuotas de mercado); la productividad (íntimamente correlacionada con la competitividad) y ciertas capacidades de naturaleza intangible.
Lo cierto es que para las microempresas la calidad sigue siendo una puerta casi cerrada. Todavía no se entiende ni se conoce la institucionalidad estatal creada en 2012 con el objetivo declarado de ofrecer servicios técnicos que apuntalen la calidad y la competitividad. Es una gran desventaja.
Un diagnóstico reciente a un sector donde predominan las microempresas, revela como principales problemas la competencia de firmas reconocidas que cumplen estándares, disponen de infraestructuras para la realización de pruebas analíticas acreditadas y exhiben certificaciones de calidad críticas. Al mismo tiempo, nuestras mipymes no conocen las ventajas de los servicios técnicos que debe ofrecer el Instituto Dominicano para la Calidad (Indocal).
Las mipymes pesan o miden materiales y substancias. Esto resume la función del Indocal de la metrología. Ellas trabajan con especificaciones no referenciadas a normas técnicas y las normalización es la función matriz del Indocal. También obligadamente realizan pruebas analíticas y hasta determinados ensayos. Estos deben ser provistos por el Sistema Dominicano para la Calidad (Sidocal), lo mismo que certificaciones provenientes de entidades acreditadas. En adición, tal sistema debería ser un soporte formidable para los reguladores estatales.
En conclusión, las mipymes necesitan al Indocal como la vida agua. Es necesario un real y efectivo acceso de ellas a las mediciones confiables, la normalización inclusiva, las pruebas y ensayos acreditados, las calibraciones con patrones trazables, las inspecciones de organismos competentes y las auditorias de clase global. En general, ¿Podemos hablar de competitividad sin ofrecer estos servicios a las empresas?






