República Dominicana enfrenta un reto fiscal que va más allá de los números. El endeudamiento público, hoy cercano a los US$78 mil millones, revela una verdad incómoda: gastamos más de lo que recaudamos, y esa ecuación solo puede sostenerse a costa de las generaciones por venir.
El país ha crecido. Ha demostrado capacidad para atraer inversión, generar empleos y mantener la estabilidad. Pero todo esto se apoya sobre un terreno frágil: un sistema fiscal ineficiente, fragmentado y, sobre todo, incapaz de generar los recursos que permitan cumplir con los compromisos del Estado sin recurrir continuamente al financiamiento externo.
¿Por qué no se ha logrado un acuerdo nacional sobre el sistema tributario que necesitamos? La respuesta está en la falta de voluntad para asumir costos políticos y en la resistencia de sectores que, por acción u omisión, continúan defendiendo privilegios en detrimento del bien común. Empresarios que exigen más infraestructuras, consumidores que demandan servicios de calidad, autoridades que prometen más de lo que pueden financiar: todos forman parte del problema.
A esta carga fiscal insostenible se suma un elemento crítico: la deuda del Banco Central, cercana a los US$16 mil millones. Esa es la herencia de una crisis financiera que estalló en 2003 y que, dos décadas después, aún no ha sido sanada del todo, a pesar de leyes como la de recapitalización.
Otro aspecto crucial es la calidad de la deuda. Hasta ahora, el país ha gozado de buena reputación en los mercados internacionales, lo que le ha permitido acceder a financiamiento en condiciones razonables.
Sostener las calificaciones crediticias depende de que la nación demuestre compromiso con la consolidación fiscal, la transparencia institucional y la planificación a largo plazo.
No se trata solo de cuánto se debe, sino de cómo se gestiona y qué tan predecible es el entorno económico y político. El verdadero dilema, entonces, es de rumbo. ¿Seguiremos edificando sobre cimientos de arena o tomaremos las decisiones difíciles que aseguren estabilidad duradera? Recaudar mejor, gastar con eficiencia y rendir cuentas no deberían ser metas extraordinarias, sino pilares fundamentales.
El país debe elegir si va a continuar navegando en piloto automático o si, por fin, tomará el timón con responsabilidad. La deuda pública no es solo un número; es un reflejo de cómo gestionamos nuestras prioridades como sociedad.







