“Mantener a la humanidad por debajo de 500,000,000 en perpetuo equilibrio con la naturaleza”. Inscripción en las Piedras Guía de Georgia, erigidas en Elberton (1980)
Considerando las premisas expuestas anteriormente, es preciso definir líneas de base comparativas ajustadas a la realidad. Ante la producción solar, eólica, hidráulica o de biomasa, la geotérmica establece el verdadero rasero comparativo de emisiones de CO2, constituyéndose en el referente técnico para los cálculos en exceso de contaminación. Sin embargo, su capacidad neta y huella física quedan cortas ante la demanda del futuro; confirmando que solo la fusión ofrece una salida real de cero emisiones.
Contrario a la limpieza que popularmente se adjudica a la geotermia, sus procesos de inyección profunda generan emanaciones nocivas; la perforación del subsuelo libera gases como el ácido sulfhídrico (H2S) y exige una gestión compleja de salmueras pesadas, altamente corrosivas y mineralizadas.
En el caso de República Dominicana, con potencial aprovechable en la región sur y áreas de la cordillera central, la remediación ambiental basada en el manejo de estas salmueras requerirá un personal técnico muy disciplinado. No obstante, la producción energética masiva y continua debe ser suplida de forma segura, estable y sin intermitencias; una debilidad estructural insalvable en las demás fuentes renovables.
Las crisis energéticas debidas a la disminución en la producción de combustibles fósiles están asociadas, además, a la fabricación de fertilizantes y estos, a su vez, al sostenimiento de la producción alimentaria. En el contexto actual, este entramado comporta un escenario inminente de escasez de alimentos y posibilidades de hambruna; un panorama que tipificamos en el capítulo 3 como el más peligroso de todos, especialmente al verse aunado a la falta crítica de agua potable.
Es por ello que, analizar la fusión nuclear y su vinculación energética no es un ejercicio abstracto; está asociado a la prevención de disturbios y conflictos bélicos masivos. La inminencia de un colapso sistémico me obliga a despojarme de la ciencia pura para apelar a la memoria histórica, por lo que en todas las entregas anteriores he sido insistente con el descontrol de la sociedad, estableciendo un criterio de prioridades fundamentado estrictamente en el instinto de supervivencia.
Este instinto de conservación transciende por completo la consciencia y la voluntad humana. Podemos observar objetivamente esta realidad física e indomable incluso en el desgarrador escenario de los suicidas que se arrojan desde los puentes: a pesar de la firme decisión voluntaria de exterminio en su mente, el propio cuerpo se resiste a morir en el último segundo. El organismo ejecuta intentos reflejos de defensa, obligando a las extremidades a asumir posturas de protección biológica que contradicen el deseo de dejar de existir.
Con base en ello, el instinto de preservación prevalecerá de forma absoluta. Si el propio cuerpo físico reacciona de manera refleja ante la decisión consciente de su pensamiento de dejar de existir, es plenamente previsible la lucha encarnada que las sociedades desarrollarán contra otros colectivos cuando perciban un peligro existencial inminente.
La historia contemporánea demuestra que, cuando el miedo colectivo es instrumentalizado por las cúpulas de poder, los conflictos asimétricos asumen dinámicas de una crueldad extrema. El odio cerval, la deshumanización del adversario y el desprecio expuestos en los escenarios de guerra moderna obedecen, en su raíz profunda, a este instinto de conservación primitivo; una fuerza que, al activarse a escala estatal, anula la racionalidad civilizada y desata una violencia ciega justificada en la supervivencia.
Esta distorsión de la racionalidad civilizada se manifiesta en la psicosis colectiva que se propaga con velocidad viral ante crisis de gran escala. Un reflejo arquetípico de este fenómeno fue la masiva especulación sobre supuestos almacenes gubernamentales secretos con miles de contenedores atribuidos a la agencia FEMA, mitificados popularmente como ataúdes preventivos para un exterminio encubierto, cuando se trataba de revestimientos geotécnicos de inventario privado para cementerios. Un patrón similar de paranoia defensiva se replica hoy en Alemania y muchos países de Europa central, donde consorcios transnacionales de capital privado acaparan discretamente el control de centros de salud, crematorios, funerarias y suelo de camposantos.
El miedo, en su estado más primitivo, posee la propiedad atómica de transmutar actividades financieras ordinarias en siniestros presagios sobre el fin de los tiempos, y son estas interpretaciones las que pueden generar desórdenes sociales letales. Si a esto añadimos los escenarios previos de crisis energética, hambruna y carencia de agua, habremos completado el caldo de cultivo ideal para que la población mundial entre en un pánico generalizado, desencadenando pogromos espontáneos desprovistos de una finalidad de exterminio étnico.
En la poblada de abril de 1984, vivimos días de penumbra social; el Ejército salió a las calles con órdenes estrictas de contener las protestas por las medidas del Fondo Monetario Internacional (FMI) que encarecieron los artículos de primera necesidad, resultando en cientos de ciudadanos asesinados en un escenario donde cualquiera podía ser víctima azarosa de la violencia civil o militar. Asimismo, entre 1961 y 1962, las turbas asolaban la ciudad de Santo Domingo y los saqueos masivos a negocios eran frecuentes. En 1976, las fuerzas armadas invadieron el campus universitario de Santo Domingo (UASD) con una violencia incontrolada, insertando el miedo entre la carne y los huesos. Antes, en abril de 1965, la probabilidad de recibir un disparo del ejército invasor era colosal, pero la amenaza de muerte también acechaba desde el flanco de elementos constitucionalistas descontrolados, sedientos de sangre sin importar su procedencia.
Existe una sensación límite que experimenté en la Escuela de Cadetes General Santander de Colombia en 1985, cuando comandos del M-19 intentaron hostigarla, un pánico idéntico al tiroteo y lanzamiento de bombas en el campus de la UASD en 1976: a pesar de estar rodeado por una multitud, no veía a nadie; solo me percibía a mí mismo y a la desesperación por sobrevivir ante el peligro real. Viví una experiencia similar, ajena a la violencia civil, durante un severo sismo en el destacamento militar del Club El Morlón, en Guatemala, a orillas del lago de Amatitlán, en 1988; éramos muchos, pero me sentí profundamente solo. Veía a mis compañeros, pero mi mente operaba en un aislamiento absoluto enfocado exclusivamente en mi propia existencia.
Años después tipifiqué este fenómeno psicosocial como la solitud colectiva: la individualidad radical de la muerte en medio del grupo. No albergo duda de que, ante un colapso sistémico, la masa humana experimentará esta sensación. El instinto biológico de conservación, activado por el peligro y la escasez terminal de agua y alimentos, triturará el barniz de la civilización, transformándonos en seres irracionales, dispuestos a matar contra viento y marea por asegurar la supervivencia.
Para concluir, cito lo escrito en la Revista Verde (5ta entrega, Visualmente débil): “Los rusos están acostumbrados a que los invadan para saquear sus recursos, pero en esta ocasión la situación es existencial y el riesgo es mucho mayor. Independientemente de quién tenga razón, ante un enfrentamiento nuclear es imposible mantener los controles: de uno y otro lado vendrá el infortunio. Cada día nos acercamos más al punto de no retorno; los adversarios en Europa y Oriente Medio son capaces de iniciar un holocausto atómico porque carecen de medidas y no aceptarán una derrota. La humanidad será devastada y no tendrá sentido buscar culpables”.









