Luis Molina Achécar, quien preside el Centro Financiero BHD, fue el orador invitado al Almuerzo Mensual de la Cámara Americana de Comercio. Su discurso, como de costumbre, estuvo lleno de luces y cargado con la experiencia que sólo los años otorgan.
Ha sido coherente desde siempre. “Nuestro compromiso con el progreso del país va mucho más allá de cifras e indicadores. Debe estar encaminado a propiciar las condiciones para el bienestar de nuestra gente, con esa visión humano-céntrica que asegura la sostenibilidad de lo que hemos logrado construir”, dijo en su presentación.
Defiende la tesis de que la sociedad dominicana está compelida a trabajar unida en la consolidación del desarrollo económico con nuevas reformas dirigidas al impulso de la productividad basada en la transformación educativa, la adopción responsable de la inteligencia artificial y el progreso de las personas.
Los valores y el desarrollo económico van de la mano. Es lo que piensa. Lo sustenta en que los seres humanos con valores son más conscientes del rol que les corresponde en la sociedad.
Tiene razón cuando afirma que el crecimiento económico y la prosperidad dependen, no solo de la capacidad de invertir y emprender, sino también de la disposición a dialogar, cooperar y construir consensos, es decir, del capital social.
En el modo de ver más allá de la curva, considera que el futuro del país está por encima de cualquier otra cuestión. Si todos los sectores pactan por una reforma educativa, se pregunta: ¿no deberíamos ahora volver sobre el tema y asegurar una solución?
En este contexto, cuestiona que el país haya destinado más de US$50,000 millones el sistema educativo preuniversitario desde 2013 sin lograr los resultados esperados y necesarios para el país.
Con esta visión, Molina Achécar deja claramente establecido que los responsables de tomar decisiones están obligados a asumir una posición más activa para reformar el sistema educativo dominicana, a fin de que responda a las exigencias del mundo actual. Toma prominencia su afirmación cuando indica que el país podría haber caído en la trampa del ingreso medio.
Una de sus afirmaciones más puntuales tiene que ver con que República Dominicana no tiene un destino fijo; será lo que sus líderes y su gente decidan construir. Esto, ante cualquier circunstancia, debe entenderse sin dilación.




